miércoles, 24 de septiembre de 2014

MI RESEÑA DEL LIBRO "EL AMOR HUELE A CAFÉ" DE NIEVES GARCÍA BAUTISTA




     EL AMOR HUELE A CAFÉ    Autor:  NIEVES G. BAUTISTA

                Es una novela sentimental, narrada en tercera persona, con un estilo natural y muy elegante, que cuenta la historia de varios personajes, los sucesos cotidianos, del día a día, y que éstos solamente tienen un punto en común: la cafetería “El confidente de Melissa”, la cual, por cierto, está descrita de forma inigualable.


               La autora ha sabido enseñarnos de forma muy habilidosa, los diferentes amores que se dan, tales como el de pareja, entre padre e hija, entre amigas. Nos ha narrado la vida de Adela (una psicóloga obsesionada con el trabajo), Joaquín (viudo y padre de Adela), Raquel (amiga de Adela), Helia (una joven universitaria con muchos complejos). También interviene de forma importante una gitana que estaba siempre a las puertas del café y el pícaro camarero que trabajaba sirviendo cafés y comida exótica; todos ellos muy bien perfilados.
              
               Novela 100% recomendable y muy fácil de leer. 

jueves, 4 de septiembre de 2014

1er capítulo de mi novela "ENTRE EL MIEDO Y EL AMOR"

Capítulo I
            Los besos se hacían cada vez más forzados e insistentes. Sus manos, firmes y robustas, recorrían el cuerpo de Marta con ademanes posesivos. Pechos, muslos, espalda, brazos, todo era vilmente manoseado por Carlos. Su lengua, húmeda y apresurada, recorría cada centímetro de la piel de ella. Con premura, le quitó el suéter verde para así poder succionar y mordisquear sus pezones rosados, una vez tras otra.
–        Para ya – gritó Marta. No quería seguir con aquello, y menos en aquel estado y en aquel lugar público.
            Carlos ignoró por completo su petición. Después del jersey, fue el cinturón y los botones de los vaqueros. Metió la mano derecha en el pantalón hasta llegar a su clítoris, húmedo y ampliamente excitado. Con movimientos violentos, introducía los dedos hacia su interior, sin un ápice de delicadeza y respeto.
–        ¡No, para ya! – volvió a gritar.
–        ¡Pero si estás mojada!, no me digas que no te gusta cómo te toco. Estás deseando que te la meta – pronunció despectivamente.
            Él seguía jugando con el cuerpo de Marta, como si se tratase de una marioneta. Desabrochó su pantalón y lo bajó a la altura de los tobillos.
–        ¡Suéltame!, no me toques – imploró gritando, mientras intentaba desasirse de sus garras. Para su indignación, alrededor no había nadie.
–        Zorra, no me digas que no quieres. Llevas toda la noche provocándome. Eres una chica mala, muy mala. Éste va a ser tu castigo.
            Todos los esfuerzos de Marta por escapar eran en vano. Él era mucho más fuerte y le había agarrado las manos sobre la cabeza. Nadie escuchaba sus gritos de desesperación.

            Carlos consiguió librarse de los pantalones de Marta con un fuerte tirón, pasando la pierna derecha de ella por su cintura, cogió su protuberante miembro con la mano derecha y lo introdujo en su vagina, llenándola por completo, sin preámbulos. Marta gritó por el dolor que sintió en esa acometida, seca y presurosa, pues era su primera vez. Sintió que algo se despedazaba en su interior. Entre sollozos, suplicaba que se detuviera, pero él seguía moviéndose de forma agresiva y perversa.............

SANDRA EC 

lunes, 1 de septiembre de 2014

UNA AVENTURA DE LO MÁS ERÓTICA (completo)


            Isabela leía una novela erótica, sentada en la mecedora de su habitación. La había encontrado en la biblioteca de su casa, escondida dónde su padre guardaba ciertos libros que no quería que los demás supieran de su existencia. Un día vio como se sonrojaba, sentado en su sillón favorito, tras el escritorio, y después lo ocultaba detrás de otros.
            El amor por la lectura lo heredó precisamente de él, aunque no le interesaba la literatura tan aburrida que ellos le obligaban a leer, ella disfrutaba leyendo los libros prohibidos.
            Su dormitorio era el lugar preferido para disfrutar de aquellos momentos tan íntimos. Se sentaba en una butaca o en su mecedora de madera de nogal, tapizada con una tela de terciopelo estampada, al lado de un gran ventanal con coloridas cortinas. La cámara era espaciosa, con techos muy elevados, una cama con un mullido colchón cubierto con un cobertor de color blanco roto, más alta de lo normal, cuya madera estaba tallada a mano, al igual que el resto de los muebles. Sobre el arcón, también de madera, que contenía parte de su modesto vestuario, había un espejo vertical, en el cual se reflejaba mientras leía sus libros preferidos.  
            Aprovechaba cuando sus padres y hermanos salían a dar un paseo a la ciudad. Ella se escapaba al campo, disfrutando de las praderas floreadas. Le gustaba ser libre, en todos los sentidos. Su familia era demasiado formal y burocrática, como casi toda la gente que la rodeaba. Sin embargo, a pocos metros de su caserío, vivía Fredy, un chico de su misma edad, y con sus mismas inquietudes. Era despierto, ávido y con ganas de comerse el mundo, y de paso, lo que se le pusiera por delante.
            A Isabela le gustaba mucho Fredy. Llevaba siempre unos pantalones de tergal ajustados a las piernas, y la camisa abierta, dejando entrever el vello que le cubría el pecho. Muchas veces lo espiaba cuando él estaba desnudo de cintura para arriba, principalmente en las ocasiones en que tenía que cortar leña con un hacha, en el patio trasero de su casa. Fredy sabía que ella estaba observándolo, con mirada apasionada, pero nunca le había dicho nada.
            La novela iba de una pareja cuya familia no deseaba que estuvieran juntos. Ellos, a pesar de las dificultades, las prohibiciones y el miedo que sus progenitores le habían grabado en sus mentes, dieron rienda suelta a su amor, y en la noche de San Juan escaparon juntos. Muchas veces deseaba ser aquella chica, atrevida, libre, sin pudor. Cuando leía, miraba su figura reflejada en el espejo y no le gustaba lo que veía. El pelo siempre lo llevaba atado en un moño alto, y su indumentaria era insípida, obviamente elegida por su madre, una mujer de armas tomar, con una gran devoción religiosa, autoritaria y con semblante duro, de la cual nunca había recibido una caricia, un beso de buenas noches.
            Por las noches, soñaba ser Sisi, la protagonista, con aquellos vestidos vistosos, con unos escotes en forma de barco que dejaban ver los senos sonrosados, sobre los que caía parte de sus cabellos desmelenados por la brisa, mientras galopaba sobre un purasangre. Se sentía incómoda con su indumentaria cotidiana, enagua sobre enagua, medias ocultando sus piernas esbeltas, encajes ostentosos ocultando la parte más hermosa de una mujer, su pecho.
            Mientras, Fredy se sentía gratamente atraído por ella. Notaba en su mirada el deseo de vivir aventuras, de salir de lo cotidiano y aburrido que era su círculo habitual, el de ambos. Las demás chicas del contorno disfrutaban yendo a fiestas, en las cuales los varones cortejaban a las mujeres más jóvenes. Isabela evitaba ese tipo de acontecimientos, y si en alguna ocasión se veía obligada a acudir, buscaba la manera de espantar al pretendiente.
            Muchas veces habían hablado a escondidas, pues sus familias no permitían un trato directo y personal. Siempre debía haber un adulto entre la pareja para mediar la conversación y no permitir que fuera a más. Sin embargo, ellos sabían cómo escaparse, y se encontraban en el granero o en las cuadras de caballos, uno de los lugares preferidos de Isabela.
            Allí conversaban, largo y tendido, sobre las cosas que les gustaría hacer y no podían llevarlas a cabo, sobre lo indignante que era tener que seguir unas normas inútiles y rancias y, sobre lo que les gustaría hacer en un futuro no muy lejano.
            Un día, Isabela fue castigada por no obedecer a su padre. Él quería que acudiera a una cena que darían unos amigos, para inaugurar la temporada de verano. Ella se había negado, diciendo que no necesitaba marido, que lo único que quería era vivir su vida y conocer de forma totalmente abierta y espontánea a un hombre que realmente la quisiera, y no por su dote. Sus padres estaban indignados ante tales comentarios. Además de castigarla en su habitación sin salir, le advirtieron que de una forma u otra, acudiría a la reunión.
            Estaba indignada, y bajo ningún concepto tenía pensado obedecer a sus progenitores. En la hora de la siesta, mientras todos dormían en sus aposentos, se calzó unas zapatillas cómodas y poco ruidosas, y salió de su dormitorio sin hacer ruido. Caminó durante minutos por los campos de centeno, hasta llegar a un chopo, muy cerca de la casa de su amigo y confidente. Se sentó bajo su sombra y sacó de debajo de su mantilla el libro que tantos sueños le quitaba. Iba por la mitad justamente cuando ellos ya se habían fugado y disfrutaban del amor, lejos de todos aquellos que intentaban separarlos.
–        ¡Hola!
–        Hola – contestó Isabela con un tono de voz desanimado.
–        ¿No se supone que deberías estar reposando en tu casa? – preguntó Fredy.
–        Me he escapado.
–        ¿Qué has hecho ahora? – quiso saber él, pues la conocía demasiado bien e intuía que había sido algo grave.
–        ¿Qué qué he hecho yo? – dijo molesta –. Más bien, pregúntame qué quieren que haga.
–        Vale, entonces contéstame ¿Qué quieren tus padres que hagas, en contra de tu voluntad?
–        En dos semanas comienzan los bailes, y ya sabes lo qué significa eso. No pienso ir. ¿Tú irás?
–        No me han comentado nada, pero seguramente, y la verdad, no me hace ni pizca de gracia. La última vez que me negué a asistir, recibí diez azotes de mi padre.
–        Me fugaré – contestó Isabela con voz decidida.
–        ¿Cómo?
–        Lo que has oído, voy a fugarme, sea a donde sea, pero no pienso quedarme aquí, viendo cómo algunos toman decisiones por mí.
–        Pero, ¿Adónde?
–        Pues no lo sé, pero ya se me ocurrirá algo, a no ser que quieras acompañarme – espetó con voz insinuante.
–        Ojalá pudiera darte lo que tanto anhelas. Un hogar, una posición, unas comodidades, pero provengo de una familia humilde y sabes que tus padres nunca me aceptarían.
–        Tonto, lo que he pretendido decirte es que me gustaría huir contigo, lejos, dónde nadie nos conozca y visitar lugares hermosos, con encanto, igual que Sisi – mientras hablaba, contemplaba el cielo azul.
–        ¿Y quién es esa tal Sisi? – preguntó, ingenuo.
–        Sisi es la protagonista de una novela que estoy leyendo – la sacó de debajo de sus faldas –, de esta novela.
                        Fredy la tomó en sus manos y ojeó algunas páginas. En su interior había ilustraciones, muchas de ellas eróticas. Miró a su amiga con picaresca.
–        Esta misma noche lo haré, no pienso esperar más.
–        De acuerdo, iremos juntos. Espero que no te arrepientas – la observó por el rabillo del ojo.
–        Seguro que no.
            Regresó a la casa, antes de que todos despertaran para tomar el té. Unas gotas de sudor resbalaban por su rostro, fruto de la excitación. En su habitación, buscó en el arcón algo de ropa, lo más cómoda posible, y la envolvió en una sábana que arrancó de su cama. También consiguió algo de dinero y víveres.
            Su padre era siempre el último en acostarse. Tenía por costumbre leer durante un buen rato en la biblioteca, cuando ya todos dormían, al tiempo que se tomaba una buen vaso de whisky escocés.
            Esperó hasta medianoche, acostada sobre las mantas, hasta que todas las velas se apagaran, y escuchar el portazo de la puerta del dormitorio de sus padres. Una vez se produjo, recogió todo lo que había preparado y salió de puntillas, sin mirar hacia atrás, sin pesar.
            Fredy la esperaba en los establos, pues cogerían uno de los caballos para huir. También llevaba sus cosas envueltas en una manta, y un abrigo de lana por si hacía frío por el camino. Cuando se encontraron, sintieron cómo si una nueva vida les esperara, una vida llena de alegrías, sorpresas y emociones.
–        ¿Preparada? – vaciló Fredy.
–        Desde luego que sí, vayámonos lo antes posible, no vaya a ser que el encargado nos escuche y vaya con el cuento a mis padres.
            Eligieron el caballo más veloz y resistente, llamado Eros, con gran porte, una pequeña crin y al que Isabela tenía mucho cariño desde niña. Primero su subió Fredy para ayudarla a ella a acomodarse delante de él.
            La noche era estrellada y tranquila. Decidieron ir por medio de los bosques, para evitar encontrarse con alguien que los delatara.
            Cabalgaron toda la noche en silencio, pues todos sus sentidos estaban en alerta. Por la mañana decidieron hacer una larga parada. Amarraron al equino en una zona donde pudiera pastar y ellos se acercaron al río para asearse.
–        Date la vuelta – le pidió Isabela.
–        Qué más da, no me asustaré – contestó él, aunque ardía por verla desnuda.
–        De todas formas, prefiero que te vuelvas.
            Él obedeció sin rechistar. La chica se despojó de su ropa, dejándola sobre una pequeña roca que había en la orilla y poco a poco, se fue introduciendo en el agua, fría como el hielo. Dos minutos después salía tiritando. Su cuerpo estaba demasiado mojado como para ponerse nuevamente la ropa. Fredy se ofreció a acercarle la manta que había cogido de su dormitorio para cubrirla. Ella le pidió que lo hiciera con los ojos cerrados. Cuando estaba a escasos metros de ella, no pudo evitar abrir sus ojos de color avellana, para contemplar una piel blanca como la nieve, pura, hermosa. Isabela había tapado con la mano derecha la zona genital y con la izquierda sus senos, aunque había sido demasiado tarde. Abrió la manta y la cubrió, frotando con las manos los brazos de ella, pues sentía que estaba congelada. Una vez que vio algo de color en el rostro de ella, se desnudó sin pudor y se zambulló en las heladas aguas del río. Su miembro viril estaba excitado, y necesitaba desahogo.
            Estuvo bajo las mansas aguas unos cuantos minutos, aunque no los suficientes como para aliviar su deseo. Ella seguía acurrucada en la manta, sin vestirse, observando cómo se acercaba, con el pene increíblemente erguido, algo que la impresionó sobremanera. En la novela había leído que cuando un varón se sentía atraído por una mujer, la primera reacción era que su miembro tomaba forma, pero nunca pensó que llegara a esos extremos. También había visto ilustraciones que en alguna ocasión, le habían producido un hormigueo en su vagina.
            Fredy se puso delante de ella, mirándola fijamente a los ojos.
–        ¿Has visto lo que me has hecho?
–        ¿Yo? – preguntó ella, sin entender.
–        Sí, tu – se acercó a ella y se arrebujó bajo la misma manta, mirando el río sin mirar.
–        Lo siento, no sabía que…… – se puso nerviosa ante el estado de su amigo.
–        Bueno, esto ocurre cuando una chica provoca a un chico.
–        Pero yo no lo hice aposta, es más, te pedí que te dieras la vuelta – susurró con voz graciosa.
–        Pues tendrás que arreglarlo de alguna manera – dictó Fredy.
–        No entiendo a qué te refieres – su ingenuidad la delataba.
–        Necesito que alivies la presión que siento, el deseo hacia ti, por poseerte, por estar dentro de ti, por disfrutar de tu néctar – sonaba impaciente.
–        Yo no sé hacer eso y no estoy preparada para ello, todavía no.
–        Yo te enseñaré, si quieres, claro.
            Estiró un poco sus piernas y agarró con firmeza el pene, acariciándolo suavemente, sin dejar de contemplar el semblante de Isabela. Poco a poco fue incrementando los movimientos, más rápidos, precisos, gratificantes. De su boca emanaban gemidos que ella entendía a la perfección.
–        Prueba en tu propio cuerpo – recitó con voz entrecortada.
–        ¡Cómo! Mi cuerpo es diferente al tuyo.
–        Solamente tienes que tocarte, y poco a poco verás como tu cuerpo reacciona a las caricias y te pedirá que introduzcas tus dedos en la vagina para calmar esa sensación loca y desesperada.
            Isabela lo hizo, al principio con cierto pudor, hasta que no pudo evitar gimotear y gritar de placer. Ambos cayeron rendidos en la manta, después de experimentar una primera sesión de sexo oral.

            Pasaron el día en aquel lugar, comiendo frutos silvestres para ahorrar las pocas provisiones que tenían. Habían decidido que al día siguiente intentarían pescar en el río. Para ello prepararon dos lanzas de madera, con la punta muy afilada.
            Para pasar la noche, hicieron una pequeña cabaña, con leña que fueron encontrando, helechos y otros matorrales que le sirvieron para la construcción de la misma, y  así cobijarse del frío nocturno. Hicieron un fuego para calentarse las manos y pasaron horas charlando sobre sus respectivas familias, lo que no les gustaba, lo que más odiaban y lo que les hubiera gustado cambiar si existiera esa posibilidad. Horas después, se acostaron sobre la sábana en la que ella había envuelto sus pertenencias. Estaban agotados y pronto conciliaron el sueño, aunque no les duró mucho tiempo, pues una manada de lobos comenzó a aullar muy cerca de ellos. Isabela estaba muy asustada y pensó que aquel sería su final. Fredy salió corriendo y aprovechó parte del fuego que todavía se mantenía, para rodear la choza. Su padre en alguna ocasión, le había comentado que esos animales le tenían pavor al fuego, a pesar de ser agresivos e intimidantes. Gracias a esa maniobra, consiguieron espantarlos, aunque a lo lejos se podía escuchar todavía sus aullidos. Estuvieron toda la noche despiertos, expectantes, sin poder pegar ojo.
            Por la mañana decidieron continuar con el viaje, río abajo. El caballo había descansado lo suficiente y a primera hora habían conseguido algo de pescado para el almuerzo. El día había amanecido nublado, aunque empezaba a hacer calor. Fredy le advirtió que debían darse prisa para llegar a una cabaña de pescadores que había a unas horas, pues se avecinaba una gran tormenta.
            Y así fue. El cielo comenzó a cubrirse de nubes grisáceas, que se desplazaban velozmente, y a lo lejos podían ver como caían relámpagos, iluminando la zona. Al fin llegaron a su destino, empapados hasta los huesos. Fredy llevó a Eros hasta una zona de cobijo mientras ella entraba en la cabaña y encendía el fuego para secar la ropa que llevaban de repuesto y la que tenían puesta. Fredy entró con el pescado lavado y lo puso sobre el fuego. Ambos tenían un hambre feroz. Mientras se asaban las truchas, fueron desvistiéndose, uno frente al otro, sin palabras, solamente miradas. Fredy volvía a estar sumamente excitado, su pantalón lo delataba. Un bulto considerable sobresalía del perfil de su cuerpo, y el simple contacto de su piel con la tela del pantalón lo hacía enloquecer, incrementando el hambre que sentía por devorar el sexo de Isabela. Ella se dio cuenta al instante, y le ayudó a sacarse el pantalón, pudiendo comprobar muy de cerca, la verga ardiente de su amante. La tomó entre sus manos con delicadeza y mimo, pasando los dedos por aquella piel suave y sensible. Los meneos se hicieron más rápidos, ocasionando momentos de furor. Ella estaba de rodillas, frente a él. Fredy la tomó por la cabeza y le guió su miembro hasta su boca, ella le pasó la lengua con primor, chupeteando la punta con deseo y pasión, ocasionando que llegara al éxtasis más absoluto. Él la tomó en brazos y la sentó sobre la mesa que había en el centro de la cabaña. Le subió las faldas e introdujo sus dedos hábiles entre los pliegues de una piel sedosa, húmeda y caliente. Ella gemía de placer, asombrada con lo que se podía lograr con los dedos de las manos en una zona tan íntima. Cuando estaba a punto de llegar al orgasmo, él retiró los dedos, y para asombro de Isabela, introdujo su boca, pasando la lengua de arriba hacia abajo, de derecha a izquierda, formando círculos. Ella le pedía a gritos que no se detuviera.
            Después de esos minutos de gloria divina, se sentaron a comer las truchas.
–        ¿Crees que nos estarán buscando? – rompió el silencio.
–        Seguramente – contestó Fredy, pensativo.
–        Yo no quiero volver, me gusta esto.
–        No podremos escondernos toda la vida – aseguró con cierto aire de preocupación –. Algún día tendremos que dar la cara.
            Después se acostaron en una tarima de madera que había en una esquina del interior de la casa, abrazados, escuchando cómo caía la lluvia en el exterior.

            Por la mañana salieron temprano, querían aprovechar el día para alejarse lo máximo posible de aquellas tierras. Solamente pararon para comer frutos del bosque y algo de queso que llevaban en la alforja. Por la tarde llegaron a un lago del cual nunca habían escuchado hablar. Era un lugar mágico, con un agua cristalina, piedras en todo el contorno del mismo y unas magníficas sombras en la parte norte. Lazaron a Eros en la mejor zona para poder alimentarse y decidieron darse un baño. Ya no les importaba quedarse desnudos, uno frente al otro. En pocos días habían conocido el significado de las palabras erotismo, desnudez, intimidad.
            El primero en entrar en el agua fue Fredy, invitándola con las manos para que entrara ya. El agua no parecía estar tan gélida como la del río. Isabela, al comprobar la agradable temperatura, se zambulló de cabeza, dejando que el pelo le cubriera el rostro en su totalidad. En segundos, lo tenía pegado a su cuerpo, sintiendo el contraste entre la temperatura corporal de Fredy y la de las tranquilas aguas. Por primera vez sus labios se encontraron. Él la besó con pasión, con frenesí, agarrando con fuerza la cabeza de ella. Le encantaban sus labios carnosos, le gustaba sufrirlos sobre su cuerpo. Se estaba muriendo de las ganas de sentirse en su interior, aunque era consciente de que sería la primera vez para ambos, y tenía que ser muy especial, una ocasión para no olvidar. Sin embargo, fue ella quien, para la sorpresa de Fredy, colocó la mano sobre su pene, agudizando así, su locura interior. Su instinto animal despertó, la levantó y la colocó a la altura de sus caderas, pudiendo sentir en su vientre la excitación de ella. Con movimientos circulares, fue preparando la zona, no quería hacerle daño. Los dos necesitaban la acometida para paliar el fuego que los quemaba por dentro. Ella le clavaba las uñas en la espalda, clamando ser embestida.
–        ¿Estás preparada? – le susurró al oído.
–        Sí, lo deseo con todas mis fuerzas – manifestó ella.
–        Quizá te duela algo al principio, pero si quieres que pare, sólo tienes que pedírmelo – al mismo tiempo estaba preocupado por ella.
–        Mmmmmm, no pares y hazlo ya, te lo ruego.
            Un frotamiento más y se sumergió en el interior más puro de ella. Isabela soltó un pequeño quejido de molestia, más que de dolor, que con el paso de los segundos, desapareció por completo. Ella se inclinaba hacia atrás, disfrutando de la fricción de ambos sexos, de cada empuje que recibía, hasta que el éxtasis nubló sus ojos, produciendo espasmos, dejándolos agotados, sin fuerzas.
            Regresaron hasta donde habían dejado sus cosas y se vistieron. Estaban hambrientos y tenían que buscar alimentos, pues las reservas se estaban agotando.
            Resolvieron salir a caminar por la zona, en busca de algo que valiera la pena, con tan buena suerte, que a menos de un kilómetro encontraron una casa de madera abandonada. Se acercaron con cuidado y tocaron en la puerta, pero nadie les contestaba ni les abría. Fredy entró con mucho sigilo, mirando hacia todos los lados. Parecía llevar mucho tiempo abandonada. Los muebles estaban cubiertos de polvo, las tablas del suelo crujían y había telarañas por todas partes. En una de las paredes de lo que debía ser un salón, había colgadas distintas fotografías enmarcadas. Isabela se acercó para ver mejor, y comprobó que los habitantes de esa casa habían colocado las fotografías de forma que podías comprobar los cambios físicos, por el tiempo, que experimentaron los fotografiados. Subieron a la planta de arriba y comprobaron que había tres dormitorios y una pequeña salita. Salieron nuevamente al exterior, y en la parte trasera había un establo en el que encontraron sacos llenos de semillas y una gran extensión de tierra para trabajar.

            De regreso hasta dónde habían dejado sus enseres y el caballo, debatieron si instalarse en la casa, por lo menos hasta que aparecieran los dueños. Ambos estuvieron de acuerdo en tomarla prestada. Trabajarían las tierras, cultivarían productos para poder alimentarse y formarían un hogar, lejos de sus familias. Con el tiempo, tenían pensado hacerles una visita. Cuando llegaran los hijos.

SANDRA EC

domingo, 31 de agosto de 2014

VOLVER A SENTIR (Completo)



–     Sí señora – contestó Graciela. Su tono de voz mostraba respeto.
–     Perfecto, me alegra que lo hayas entendido todo. No me gusta repetir las cosas más de una vez. Ahora la compañera te indicará cuál es tu habitación, donde podrás dejar tus pertenencias. También te enseñará el resto de la vivienda, y te pondrá al día de ciertas costumbres que tenemos en la familia – dijo Ruperta con autoridad y altanería.  
–     Muchas gracias por su gratitud.
            La propietaria de la casa salió del despacho con la cabeza erguida, mirando al frente. El ruido de sus tacones de aguja resonaba en toda la sala. Un minuto después apareció María, para acompañar a Graciela hasta el ala de la casa que era utilizada por el servicio de personal. Le ayudó con el poco equipaje que traía, y le explicó cuáles serían sus tareas diarias.
            Graciela estaba muy ilusionada con ese trabajo. Nunca había servido en una vivienda tan grande ni para una gente tan rica y aristocrática. Se encargaría de las plantas segunda y tercera, en la cual estaban los dormitorios de la familia con los baños integrados, las salas privadas, y ayudaría también a servir la comida cuando fuera necesario. Había sido elegida entre diez candidatas, para cubrir la baja de otra chica que se había caído por las escaleras principales. Nunca le había asustado el trabajo, no lo iba a hacer ahora. Necesitaba el dinero para sacar a su hija adelante, tras la muerte accidental de su esposo.
            El personal que trabajaba allí era muy discreto, tal y como requerían en la oferta de trabajo. Se les exigía uniforme y el pelo impolutamente peinado, preferiblemente atado y nada de tacones ruidosos. A Graciela le costó una semana coger confianza con sus compañeros, y no porque ella no quisiera, sino porque ellos se mostraban reservados. En total eran seis personas al servicio de esa familia, cada cual con sus tareas y responsabilidades. Ella se defendía sin problemas, e incluso en muchas ocasiones, ayudaba a los demás para adelantar trabajo.
            La familia la formaban las siguientes personas: Herminio era el cabeza de esta, y propietario de una multinacional; Ruperta era su esposa, una mujer que le gustaba vivir bien y aparentar normalidad; Alba era la hija, que apenas estaba en la mansión, debido a que estudiaba en una universidad en el extranjero; Pedro era el vástago mayor, separado, vividor, juerguista y derrochador; Jorge era el descendiente más joven de la familia, que iba por el mismo camino de su hermano; y por último estaba Fernando, sobrino y primo de los anteriores, que llevaba toda su vida viviendo con ellos, porque sus padres se habían fugado pocos meses después de haber nacido él. Lo trataban como un hijo y hermano, y era el que gestionaba los negocios de su tío en España, ante la pasividad del heredero mayor de la familia.
            Graciela los fue conociendo poco a poco, a medida que iban apareciendo por la casa. Tanto Ruperta, como Pedro y Jorge, eran los que más pegas ponían por todo. A Alba la conoció un fin de semana que vino para relajarse, después de los exámenes, y le pareció una chica con algo más de sentido común, seguramente se parecería a su padre, y a Fernando lo veía todas las mañanas y por la noche, cuando servía la cena en el comedor familiar. Era un chico que, aparentemente parecía serio y aburrido, siempre vestido con traje de chaqueta, corbata y camisa, leyendo la prensa o preparando informes para el día siguiente.
            Un sábado por la tarde, Pedro llegó ebrio, después de un encuentro que había tenido con su ex, y llamó al servicio para que le llevaran al salón una bolsa de hielo. Tenía los nudillos hinchados de dar puñetazos contra la puerta del coche. Ese fin de semana le tocó a Graciela cubrir a sus compañeras que habían librado. Él estaba sentado en el sofá blanco, con los ojos a medio abrir, la miró de reojo y dijo:
–     Acércate.
            Ella se acercó con cautela, pues ya le habían advertido de su afán por conseguir lo que se le metía entre ceja y ceja, y más, tratándose de mujeres. Estaba a poco más de un metro de él, cuando la agarró por la muñeca derecha y tiró de ella, provocando su caída en el sofá. Graciela intentó levantarse pero él la apretó contra su cuerpo, pasándole la lengua por el cuello, sobándole los pechos con las manos. Ella sintió pánico ante lo alterado que estaba, y más, teniendo en cuenta que la casa estaba vacía. Aunque gritara, nadie la escucharía. Intentó desasirse de aquellas manos que la intimidaban, pero su fuerza era menor que la de él, a pesar de estar borracho como una cuba. Pedro consiguió ponerla bajo su cuerpo, y empezaba a subirle la falda cuando alguien lo agarró de los brazos, y lo tiró al suelo. El rostro de Graciela mostraba miedo, desesperación. Ella permanecía con los ojos cerrados a cal y canto, cuando Fernando retiró a su primo de encima de su cuerpo. Ayudó a que se levantara y se preocupó por cómo se encontraba.
–     ¿Te encuentras bien?
–     Sí, perfectamente – contestó algo aturdida –. Lo siento mucho.
–     ¿Qué lo sientes? – preguntó extrañado Fernando –. ¡Pero si la culpa no es tuya! Debes disculpar a mi primo, seguro que no era su intención. De un tiempo a esta parte, ha perdido el norte, entre la separación, los problemas con mi tío, una cosa y otra…. Aunque eso tampoco lo excusa.
–     Mi intención no es causar problemas señor, le pido por favor, que no se lo comente a sus tíos, o perderé el trabajo – Graciela entendía que lo que acababa de hacer Pedro estaba mal, pero no podía perder ese empleo, pues era el sustento para ella y su niña de dos años.
–     Tranquila, no pasará nada, aunque él se acordará de este día –. Su primo seguía tirado en el suelo, incapaz de levantarse por sí mismo.
            Con pasos livianos se retiró del salón, enjugándose las lágrimas de los ojos con un pañuelo que llevaba en el bolsillo del delantal. Fernando agarró a su primo por los codos y lo levantó. Ambos quedaron mirándose a los ojos.
–     Eres un indeseable – espetó Fernando.
–     Sí, la oveja negra de la familia – dijo en tono burlón.
–     ¿Te parece gracioso?
–     ¿Desde cuándo te preocupas por el personal de servicio? – comentó irónicamente.
–     Desde siempre. Por si no lo sabes, son personas como nosotros y tú no tienes derecho a burlarte de ella. Se gana la vida dignamente ¿qué tienes que decir a eso?
–     Jajaja ... – no paraba de reírse –, ¡Fue a hablar el héroe de la familia!
–     Te estás pasando de la raya – argumentó Fernando, ante las tonterías de su primo.
–     No, quien se ha pasado de la raya has sido tú. Nadie te ha llamado y sólo has venido a fastidiarme el polvo.
            Fernando estaba que echaba humo por las orejas. Sabía que su primo era un bocazas, pero nunca pensó que llegaría a tales extremos. Lo agarró fuertemente por la camisa y con mirada encolerizada manifestó:
–     ¿Te das cuenta en lo qué te has convertido? No eres más que un desgraciado – sus ojos echaban chispas –. Espero que sea la última vez que le pones una mano encima a la chica, de lo contrario – no deseaba continuar por ese camino.
–     De lo contrario ¿qué? – quiso saber Pedro.
–     No titubearé ni un solo segundo en contárselo a tu padre, y seguro que eso no lo quieres ¿verdad? – él sabía que su tío estaba muy enfadado con Pedro, ya lo había amenazado en varias ocasiones para que retomara su vida y se olvidara del pasado. Llevaba más de un año viviendo de lo lindo, sin trabajar. Lo suyo, era estar achispado todo el día y acostarse con cualquier mujer que se presentase.
–     No te atreverás – exclamó divertido.
–     No me retes, sabes que lo haré.
            Pedro intentó darle un puñetazo a su primo, pero éste, harto de reflejos, consiguió esquivar sin problemas el puño que iba hacia su ojo derecho, agarrándolo con fuerza y devolviéndoselo con rabia. Pedro frotó sus manos y se largó del salón, directo a su dormitorio.
            Las semanas siguientes fueron bastante tranquilas. Pedro aceptó la propuesta que le hizo su primo de ingresar en un centro para dejar, de una vez por todas, su adicción al alcohol. Su madre no estaba por la labor, pues siempre había sido el niño de sus ojos, pero al comprobar que él pedía ser internado, no opuso resistencia. El mismo Fernando fue quien lo llevó hasta el lugar, despidiéndose ambos con un sincero abrazo, pues durante un largo período de tiempo estaría totalmente incomunicado con el exterior.
            Mientras, Graciela respiraba más tranquila. El hecho de vivir bajo el mismo techo que un hombre que había intentado agredirla sexualmente, le ponía los pelos de punta. Fernando había estado muy atento con ella en las últimas semanas, preocupándose por su estado anímico y, transmitiéndole confianza y seguridad. Aquel chico recto y adusto, se convirtió ante los ojos de ella, en un joven risueño y agradable.
            Graciela se mostraba indiferente ante las miradas de él. Sabía perfectamente que no podía mezclar el placer con el trabajo, una regla imposible de romper, y si se quebraba, sería el final de una relación laboral. Además, no estaba preparada para tener otra relación tan pronto, todavía perduraba el aroma varonil de su pareja, entre sus ropas, entre sus pocas pertenencias, todavía lo sentía tras ella, abrazándola, besándola. El destino había querido que sus caminos se separaran, el reloj de Marcos se paró aquel fatídico día mientras que el de ella, continuaba dando las horas.
            Aparte de las miradas robadas y las frases de preocupación, entre los dos comenzaba a surgir algo, por el momento, difícil de desovillar. Por un lado Graciela, atada al pasado y con una única misión en la vida, hacer feliz a su niña; y por otro Fernando, con una carrera prometedora por delante, con muchas responsabilidades que su tío había descargado sobre él, y un corazón dispuesto a amar, que en muchas ocasiones se sentía solo.
            Un martes por la noche se encontró mal. Tenía fuertes dolores intestinales y llamó para que le llevasen a su dormitorio una manzanilla. Graciela se la hizo con mucho cariño y se la llevó con una rodaja de limón, sobre una bandeja de plata. Al entrar, lo vio acostado en la cama, con la sábana hasta la cintura. Estaba pálido y con la mirada perdida. Ella se acercó y le preguntó dónde le dejaba la infusión. Él la miró y le dijo que se sentara a su lado. Graciela obedeció, pues confiaba en aquel chico. Removió varias veces la manzanilla con la cucharilla de acero inoxidable y se la acercó a los labios. Él bebió con desgana, pues odiaba las infusiones, hasta que sintió la necesidad de vomitar. Corrió hasta el servicio y durante unos minutos estuvo devolviendo todo aquello que le atormentaba el estómago, consiguiendo una notable mejoría en cuanto acabó. Regresó al dormitorio y Graciela ya no estaba. Volvió al baño y se enjuagó la boca, pues tenía un desagradable sabor a vómito. Al regresar, alguien tocaba en su puerta. Era Graciela que regresaba para limpiarle el baño, pues intuía que quedaría hecho un asco. Él le dijo que no hacía falta, que ya lo haría al día siguiente, pero ella insistió. Se internó en el baño con su bayeta, un frasco con lejía y un ambientador. Él la observaba desde el marco de la puerta, incapaz de quitarle el ojo de encima. Le parecía una mujer inmensamente sexi a pesar del ridículo uniforme que le obligaba a usar su tía, con la falda por debajo de la rodilla, una blusa de color azul celeste y el delantal por encima.
–     Conmigo no tienes por qué comportarte así – dijo.
–     ¿Disculpe? – no sabía realmente a qué se refería.
–     Quiero decir, que no hacen falta tantos formalismos ridículos, creo que somos más o menos de la misma edad y yo no soy igual que mi familia, de hecho, ni siquiera soy hijo de ellos, ni hermano. Mis tíos me adoptaron cuando apenas tenía unos meses.
–     Lo siento señor, pero no me está permitido familiarizarme con los miembros de la familia. Es usted muy amable conmigo – Graciela deseaba conocer su historia, pero le había quedado bien claro que nada de confianzas. Los ojos los tenía anclados en el suelo.
–     Pues sí que te tomas a pecho las normas de mi tía – dijo después de pensar en cada una de las palabras susurradas por ella.
–     Mi trabajo consiste en servirles a ustedes, por ello me pagan. Creo que cumplo a rajatabla todas las tareas y me siento feliz por ello – pronunció,  consciente de que eso era lo único que sabía hacer.
–     Vale, vale, no te enfades, solamente quería que supieras que puedes contar conmigo para lo que necesites, y que no me mires con inferioridad, ni subordinación. Trátame de igual a igual.
–     Eso no puede ser – contestó con voz preocupada.
–     ¿Y eso, cuál es la razón por la cual no podemos ser amigos?
–     La razón es obvia, señor Ruiz. Yo soy una simple sirvienta o empleada, llámelo como quiera, y usted es una persona culta y que pertenece a la alta sociedad, no quedaría bien que se mezclara con personas de mi clase social.
–     Yo hablo y me relaciono con quien me da la gana, no me importan las clases, eso son mitos. Debes cambiar tu forma de pensar – comentó Fernando, al tiempo que le tocaba la barbilla con su dedo índice.
–     Disculpe, debo irme – nerviosa, recogió las cosas que tenía sobre el mueble del baño y salió de su dormitorio.
            Los días siguientes a esa noche, Graciela procuró no coincidir a solas con Fernando, pues ese hombre la intimidaba extraordinariamente, y sabiendo cómo era ella de sensiblera, podría llegar a enamorarse de él, algo que nunca debería de suceder. Afortunadamente la propietaria de la casa le dio tres días libres, los cuales tenía pensado aprovechar para disfrutar de su niña y olvidarse del hombre que le estaba robando los sueños.
            Fernando se dio cuenta de su falta enseguida. Tenía intriga por saber dónde vivía, por saber algo más de su vida. Buscó en la carpeta de contratación que tenía su tía sobre el escritorio, y localizó su dirección y número de teléfono. Pensó en llamarla, pero rehusó la idea, porque ella cortaría la conversación inmediatamente. Decidido a visitarla, se cambió de ropa, ataviándose con unos vaqueros desgastados, una camiseta ajustada de manga corta y unas deportivas blancas.
            Condujo durante una hora para localizar la dirección. Antes, pasó por una floristería y compró un pequeño ramo de gerberas multicolor.
            Era un segundo piso, situado en el barrio obrero de la ciudad. Desde la calle pudo observar en el balcón, unas vistosas macetas floreadas, aportando vida a una zona un tanto deprimida. Pulsó el telefonillo y al otro lado escuchó la voz de una persona ya entrada en años. Él le dijo que deseaba ver a Graciela y la señora le abrió la puerta de la calle. El edificio no contaba con ascensor, así que subió las escaleras hasta llegar a la entrada de la vivienda. Nuevamente tocó el timbre y la puerta se abrió lentamente. Una mujer con gafas y el pelo muy canoso lo invitó a pasar. Él aceptó gustoso y le preguntó si se encontraba Graciela en casa. La señora le dijo que había salido a hacer unas compras, pero que vendría pronto. Le hizo pasar hasta el salón y sentarse en un sillón desgastado por el uso.
–     Estoy preparando el almuerzo, ¿se quedará usted a comer con nosotras? – preguntó la madre de Graciela con un tono de voz amable y cariñoso.
–     No quisiera ser una molestia para ustedes – respondió Fernando.
–     Olvídelo, los amigos de mi hija siempre son bienvenidos a la casa, y no es que tengo muchos, la verdad – la mujer hablaba como para sí misma.
–     Muchas gracias, es usted muy amable.
            La madre se dirigió a la cocina para seguir con la comida. Desde el pequeño salón podía escuchar el ruido de las cazuelas y cómo batía huevos en un bol. Unos minutos más tarde, entró Graciela por la puerta con la niña en brazos. Era una cría preciosa, con unos ojos negros saltones y el pelo en forma de sacacorchos. Se quedó petrificada en la entrada al contemplar la figura de él, tan diferente a como iba habitualmente, con aquellos trajes aburridos y faltos de color. Más aun, cuando comprobó que en la mesita del centro había depositado un bonito ramo de flores.
–     ¿Ha ocurrido algo? – fue lo primero que pronunció al acceder al salón y dejar la niña en el parque de bebés.
–     Hola Graciela. Siento presentarme aquí sin avisar – la miró de arriba abajo, pues estaba inmensamente hermosa con un vestido fucsia ajustado a su figura.
–     ¿Cómo me ha localizado? – tenía muchísimas preguntas que hacerle y no sabía por dónde empezar.
–     He encontrado tus datos en la documentación del contrato, espero que no te moleste.
–     No entiendo su presencia en mi casa – volvió a cuestionar.
–     En primer lugar te pediría que dejaras de tratarme de usted y, contestando a tu pregunta – hizo una pequeña pausa para continuar – tenía muchas ganas de verte fuera del ámbito del trabajo.
            Graciela se sonrojó ante el comentario del Fernando. Era tan meloso y atento.
–     ¿Desea… bueno, deseas tomar algo? – se corrigió, ante la insistencia de él de tutearse.
–     Me vendría bien algo frío, si es posible.
            Ella salió del salón y fue hasta la cocina, donde estaba su madre elaborando un rico revuelto de champiñones. Fernando escuchaba como hablaban, aunque no podía entender con precisión la conversación. Se acercó hasta la niña y le acarició los sonrosados mofletes. Ella, a cambio, le ofreció una sonrisa de oreja a oreja, lo cual le agradó enormemente. Transcurrieron unos minutos hasta que regresó con una naranjada casera bien fría.
–     Me ha dicho mi madre que te ha invitado a almorzar con nosotras.
–     Ha sido ella, que ha insistido – se disculpó –. No quisiera ser una molestia.
–     Mi madre siempre ha sido así, cándida con todo el mundo.
–     Me ha dado la impresión de ser una buena mujer, con un gran corazón, igual que tú.
–     Lo es, señor Ruiz. Perdón, es la costumbre – una tímida sonrisa se asomó en el rostro de Graciela –. Voy a poner la mesa.
            Una vez terminaron de preparar la comida, hicieron que pasara hasta la cocina comedor para acompañarlas.
–     Siento el poco espacio del que disponemos. Esto no es la mansión en la que vives tú – manifestó ella mientras le señalaba con la mano derecha el lugar dónde sentarse.
–     No te preocupes, sabes que yo no soy como ellos.
            La niña les acompañó en una esquina de la mesa, sentada en su trona. Graciela le iba dando su comida especial, entre voces y sonrisas. Durante el almuerzo charlaron sobre el tiempo y sobre lo graciosos que eran los niños cuando tenían aquella edad. Una vez finalizada la comida, ella se disculpó diciéndole que no tenían café en casa. Fernando era bastante cafetero y le comentó que podrían salir y tomarse uno en una cafetería, y así aprovechaban para charlar. La madre la animó a acompañarlo, pues sabía que su hija necesitaba distraerse un poco después de la desgracia que había caído en aquella casa.
            La zona aquella era enervante, con lo cual decidió coger el coche y buscar otro lugar, un sitio que los llenara, y dónde ella se sintiera cómoda y feliz. El sitio no podía ser más especial. Se trataba de un edificio de treinta plantas, que albergaba una cafetería en la planta superior, con unas vistas privilegiadas. En cuanto salieron del ascensor, ya pudieron contemplar las panorámicas que ofrecía aquel espléndido lugar. Ella estaba maravillada y no hacía más que preguntarle qué era aquello, qué era lo otro, se sentía como una niña con zapatos nuevos.
            Pasaron la tarde en esa cafetería, charlando de sus vidas. Ella le contó lo sucedido con su marido y él, lo que le había pasado a sus padres, y el trabajo que desempeñaba en la empresa de su tío. Empezaba a coger confianza con él, a sonreír, a exteriorizar. Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto, que no dedicaba algo de tiempo para sí misma. Él se había mostrado muy cariñoso con ella, acariciándole las manos, alguna que otra vez pasando los suaves dedos por sus mejillas, clavándole la mirada cargada de sentimientos, susurrándole cosas bonitas y palabras alentadoras.
            Serían las nueve de la noche cuando decidieron dar por finalizada la visita a aquel lugar tan emblemático e inolvidable. Pidió la cuenta y tomándola de la cintura, se dirigieron hasta el ascensor. Dentro del mismo, sus miradas se quedaron prendadas una en la otra, a pocos centímetros. Fernando se acercó más a ella, apoyando una mano en el fondo del ascensor.
–     Necesito besarte ahora mismo – susurró él.
–     No creo que sea una buena idea – debatió Graciela, aunque su inconsciente gritaba lo contrario.
            Dio igual su opinión, pues en cuanto acabó de pronunciar la frase, Fernando tenía ya sus labios posados sobre los de ella. Un beso suave, sincero que, poco a poco, se fue convirtiendo en uno a presión, palpitante. Ella respondió de la misma forma, internando los dedos entre los cabellos de él. Las manos varoniles recorrían con desesperación el cuerpo de Graciela, su lengua transitaba por la boca, orejas, cuello, mejillas, ocasionando un reguero de lava volcánica. El deseo se fue adueñando de ambos cuerpos, incapaces de controlarlo. El ascensor estaba a punto de llegar a la zona de aparcamientos. Él se adelantó, y pulsó el botón de parada, de modo que el habitáculo se quedó parado en algún lugar del recorrido. Ya nada los podría molestar.

            Le levantó el vestido con rapidez. Sus extremidades superiores avanzaban por las esbeltas piernas de ella con avidez, hasta llegar al punto cumbre. Unas braguitas de algodón interferían el paso. Con mucha delicadeza se las retiró, pudiendo acceder de esa forma, a una zona altamente explosiva. Graciela gimió de placer, ya se había olvidado de lo placentero que era sentir unos dedos masculinos en su clítoris. Después de unos minutos de tocamientos, consiguió deshacerse de sus vaqueros, la tomó por la cintura y la ancló contra su propio cuerpo. Ella lo abrazaba con el cuello, sin dejar de besarlo, chuparlo, mordisquearlo. Movimientos circulares provocaban en ambos, retazos de placer. Graciela consiguió asir con sus manos el imponente órgano viril, indicándole el camino adecuado para abandonarse y desfallecer. Esa primera acometida fue increíble para ambos, inmersos en un mar de recreo. Momentos de gloria y fruición recorrieron todas sus terminaciones. De sus gargantas, áridas por el esfuerzo, emanaban gemidos, gimoteos. No les importaba quien estuviera al otro lado del ascensor, ese momento lo querían disfrutar al máximo. Sus delicadas uñas se clavaban en la espalda de él, que, en vez de ocasionar dolor, producían más placer, más apetito sexual. Las embestidas eran cada vez más fuertes, constantes y plácidas. Las piernas de ella rodeaban la cintura de él con impaciencia, facilitando de esa manera, la fricción de ambos sexos. Gotas de sudor recorrían el rostro de Fernando, fruto del tremendo y, a la vez, venturoso esfuerzo que estaba ejerciendo. Sus labios besuqueaban los pechos erectos y encendidos de la mujer. El clímax no tardó en llegar, ambos lo deseaban con afán. Cayeron rendidos en el suelo enmoquetado, abrazados de piernas y brazos, hasta que un pitido muy agudo los despertó de lo que había parecido ser una sueño.

SANDRA EC