martes, 17 de noviembre de 2015

Capítulo I de Invisible



Me llamo María y nací un frío dieciocho de enero de mil novecientos cuarenta, en la villa de Monçao o Monzón, perteneciente al distrito de Viana do Castelo, y situada al norte de Portugal. Antiguamente era un pequeño pueblo rodeado por una muralla y un castillo, como casi todos los que limitaban de alguna manera con España, como símbolo de la lucha por las fronteras. Esta tierra arrastra una leyenda desde las Guerras Fernandinas, sobre el año mil trescientos sesenta y nueve, cuando enfrentaron a Fernando I de Portugal y los reyes castellanos de la casa de Trastámara, por el trono de Castilla. Los castellanos habían impuesto asedio del pueblo de Monzón, cerco que duró demasiado tiempo. En el interior de los muros escaseaba la comida y los oponentes también estaban con escasas provisiones, empezando a estar desmoralizados. Necesitaban buscar una salida pero nadie era capaz de pensar con nitidez, y estaban barajando la opción de rendirse. Fue entonces, cuando a la esposa del Capital General de Monzón y alcalde de la Villa, se le ocurrió una idea formidable. Lanzar panes hechos con la última harina que había en la fortaleza hacia el invasor, dando a entender al enemigo que vivían en la abundancia y, frenando así, sus intenciones. Al mismo tiempo gritaban  «Deus o deu, Deus o há dado», que significa, “Dios lo dio, Dios lo ha dado”. Ante la acción valiente de Deu-la-deu Martins, los españoles levantaron el asedio al creer que en el interior de los muros había mucha resistencia. Por eso motivo, en el escudo de armas de Monçao, aparece una mujer en la torre de la fortaleza con un pan en cada mano, y la divisa de la villa hace referencia al nombre de esta heroína. También hay una plaza con su nombre y una estatua en su honor en el centro del pueblo, del escultor Joao Cutileiro.

            Crecí en el seno de una familia humilde, como todas las de la zona en aquella época. Tenía ocho hermanos; Fátima, Luis, Lourdes, Ángeles, Carmen, Benedicta, Asunción y Josefa. En muchas ocasiones y con un tono de humor, le dije a mi progenitora: “¡Madre mía, como no había televisión, se iban temprano para la cama y así llegaron los hijos!”. Manuel, mi padre, trabajaba en un aserradero de madera, al cual le teníamos que llevar todos los días el almuerzo al trabajo y, los fines de semana, ejercía de peluquero en casa. Él era el que se encargaba de ayudar a mi madre a traer los hijos al mundo en el momento del parto. Mi progenitora se llamaba Bernarda y era ama de casa, madre, esposa y repartía pescado que compraba en el país vecino. Para ello, tenía que levantarse cuando todavía no había amanecido, y cruzar el río Miño. Por aquel entonces, no había dinero para comprar alimentos, corría la segunda guerra mundial y la República Portuguesa era una dictadura, bajo el poder político de António De Oliveira Salazar, al cual considerábamos una persona dominante, absolutista y ambiciosa. El país estaba parado y mis padres tenían que alimentar muchas bocas, había que buscarse la vida. A finales de mil novecientos treinta y nueve, se impusieron las cartillas de racionamiento, comenzando a escasear un alimento tan imprescindible como era el pan, convirtiéndose así en artículo de lujo. Mi madre era una mujer muy trabajadora y no podía soportar ver a sus hijos sin comida en el plato. Se levantaba mucho antes del amanecer y, junto a otras vecinas, y después de caminar cerca de ocho kilómetros, cruzaba el río Miño, entre gallos y medianoches, en una pequeña barca –previo pago de una tasa–, olvidándose del miedo y el peligro que suponía ser mujer en aquella época. Las llamaban las “Trapicheiras”. Cada noche, podían llevar tranquilamente entre veinte y treinta kilos de café en grano, de la marca Sical, que por aquel entonces era el mejor, y también barras de jabón portugués, camufladas en su cuerpo, y en una tina de aluminio o de plástico con dos aros grandes a los lados, que se colocaba sobre la cabeza, bajo un paño enrollado en forma circular. Normalmente los artículos que iban a la vista eran los que se quedaban los guardias que vigilaban las fronteras. Otras mujeres traficaban con tabaco, animales vivos, sábanas, huevos, lana, tripas para matanza, arroz, harina e incluso algunas se atrevían con medicamentos como la penicilina, la cual llegó a salvar muchas vidas cuando en España no había existencias. Mis padres siempre argumentaron que el contrabando permitió la supervivencia de numerosas familias, de un lado y del otro del río. Se jugaban la vida por la miseria y la pobreza, para intentar comer. No mataban a nadie ni robaban, simplemente sobrevivían. La necesidad tenía cara de hereje y les obligaba a saltar las normas. Normalmente eran las mujeres las que se arriesgaban.  
            Las fronteras estaban vigiladas por, en el lado español, los “Carabineros” que, concluida la Guerra Civil, se fusionó con la Guardia Civil y, en el lado portugués, los “guardinhas”, conocidos como la GNR...

5 comentarios:

  1. Me ha enganchado primero por la época en q se centra (me apasiona) y las circunstancias de la protagonista. Además muy bellamente escrito

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  2. Muchas gracias, Dolors, por tu comentario. Si te decides a leerla, me gustaría conocer tu opinión. Un besazo

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  3. Podría mejorarse un poquito, pero en general me encantó. Felicidades.

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    1. Gracias por el comentario, Perla. Un fuerte abrazo

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  4. Dios, me encanto . Ojala puedas publicar el proximo , un beso .

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