sábado, 12 de septiembre de 2015

Fragmento de Entre ángel y demonio

            El pasado de Carlos inquietaría a cualquier psiquiatra. Una madre enferma y adicta al sexo, lo que se conoce como desorden hipersexual, que además consumía sustancias estupefacientes que el propio hijo se encargaba de conseguir y administrar. Del padre poco había aprendido pues era muy joven cuando había fallecido. Decía su abuela que era una persona maravillosa, con un gran corazón y que adoraba a su hijo. También había comentado en alguna ocasión que estaba obsesionado con su mujer y que hacía todo lo que ella le exigía. Su muerte había sorprendido a toda la familia. A Carlos le comentaron que eran pocos los familiares que sabían de su enfermedad, pues intentó ocultárselo a todos. Al fallecer, su progenitora tuvo la necesidad de desahogar ese instinto que la tenía atrapada y pensó que su hijo sería un buen partido. El niño se sumergió en ese mundo de adultos y acabó por aceptarlo, hasta sentía placer. Mientras sus amigos jugaban al fútbol o se divertían con las canicas, él practicaba sexo sin contemplaciones y a todas horas. Le apasionaban las orgías con varias mujeres y nunca utilizaba protección.


Si te interesa la historia, pincha aquí para conseguirla Amazon         

Si deseas deseas leer la primera parte de la antología, pincha aquí ENTRE-EL-MIEDO-AMOR

Aquí podrás ver el booktrailer: Youtube




viernes, 4 de septiembre de 2015

ENTRE ÁNGEL Y DEMONIO



Buenas a todos y todas.


Después de un tiempo apartada de las redes sociales por motivos personales, os traigo una magnífica noticia, o al menos eso espero. 
Mi tercera novela y, segunda parte de Entre el miedo y el amor, está en preventa en Amazon. 
Su título es "ENTRE ÁNGEL Y DEMONIO" y estará disponible en digital a partir del día 12 de septiembre. 
Para mí es un auténtico placer que podáis disfrutar de esta nueva novela por distintas razones. La primera porque eran muchas las lectoras, y hablo en femenino porque la mayoría de mis lectores son mujeres, así me lo pedían. Querían darle un final al canalla de Carlos. 
En segundo lugar porque yo misma necesitaba cerrar la historia con la que tantas y tantas lectoras se habían identificado. Jamás creí que llegara tanto y a tantas personas, por lo que doy las gracias a todos por hacerlo posible. Es una maravilla tener tan buena gente alrededor.

¿Qué puedo deciros de esta novela? Pues que es totalmente distinta a la primera parte. Lo que más me gusta son los muchos toques de humor que hay, dándole frescura y diversión, igual que en nuestras vidas. Hay momentos buenos y malos, hay sonrisas y lágrimas, y el que diga que no es cierto, está totalmente errado. 

Entre ángel y demonio no es la historia de una sola persona. Esta novela tiene varias ramificaciones, con sus respectivos personajes, a cual más original y variopinto; y lo más importante. Es una novela con alto contenido erótico. Ni punto de comparación con mis anteriores trabajos. Carlos, el protagonista principal, tal y como sabéis las personas que habéis leído Entre el miedo y el amor, es una persona enferma. Su vida gira en torno al sexo y no es capaz de vivir sin ello, hasta que Eva decide investigar su vida.

Ha sido muy divertido escribir esta historia y también laborioso. He contado con la ayuda de varias personas expertas que me asesoraron en temas judiciales y hospitalarios, todo de forma totalmente altruista. A ellas, mil gracias. Ponerse en la piel de un psicópata no ha sido tarea fácil. Ha supuesto hacer un exhausto estudio y leer mucho sobre el tema.  

Si hay algo que os puedo garantizar con esta lectura es: gran expectación, sonrisas y lágrimas, dulces las primeras y amargas las segundas y muchas escenas eróticas.

Si os apetece leer la novela, la podéis encontrar en Amazon en preventa pinchando en este enlace: Amazon

Si has llegado hasta el final de este post, muchas gracias por leerlo y darle una oportunidad a mi nuevo trabajo. Si te decides a comprar Entre ángel y demonio, me gustaría conocer tu opinión. No te olvides de pasar por Amazon y dejar tu comentario allí. Me ayudarás mucho, de eso estoy segura.

Ah!! Espero que os guste la portada. Es un magnífico trabajo del ilustrador, Ernesto Valdés.
Si quieres ver algunos de sus trabajos, pincha aquí: Pinterest   o  Youtube

¡¡¡¡GRACIAS!!!!

lunes, 27 de abril de 2015

Nuevo fragmento corto de "Entre el miedo y el amor"

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            A primera hora de la mañana, un chico joven con una gabardina apareció en la habitación con un impresionante ramo de rosas amarillas, tal como le gustaban a Marta, y un peluche de color rosa para la recién nacida. Estaban acompañadas de una tarjeta en su interior que decía:

            “Para la mujer más valiente y linda del mundo, la cual me ha hecho muy feliz y con la que deseo casarme. Eres mi vida, mi sol, mi amor, mi luna, el aire que respiro, la tierra que piso, la mejor de las tentaciones, mi todo. Quiero que sepas que siempre estaré a tu lado, siempre te querré y te amaré. Gracias por hacerme un hueco en tu vida, por permitirme compartir estos momentos tan entrañables e inolvidables. Estoy enamorado de ti, prendado de tus ojos, perlas de primavera”

            Marta no pudo contener las lágrimas. Él, sentado en un sillón a su lado y con la niña en brazos, admiró la emocionante reacción.
   ¡Sí, quiero casarme contigo! – especuló y expuso a continuación –. Me considero una persona muy afortunada teniéndote a mi lado, mimándome y queriéndome. Eres cuanto una mujer podría desear. ¿Qué más puedo pedir?


            Jesús se levantó, se allegó a la cama, raída por el uso y cubierta con sábanas blancas que todavía desprendían el olor a recién lavadas y planchadas, y la besó con galantería. 

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miércoles, 8 de abril de 2015

Mi reseña de "Alma de infancia"

"ALMA DE INFANCIA"    Autor: ESTELA COSTA PEREZ

Si os gustan las novelas de ficción, no podéis dejar de leer esta historia.
Ana es una adolescente que acaba de cumplir los dieciocho años. Su infancia no ha sido del todo buena y la ha marcado de forma bastante pronunciada. 
Ella necesita encontrarse a sí misma y valorarse un poco con lo cual decide irse de casa y comienza a trabajar en algo que le gusta y se siente realizada. Ahí conoce al que será el amor de su vida y consigue superar todos sus miedos. 
La infancia es una etapa que marca a las personas y no todo el mundo tiene gratos recuerdos. La protagonista logra salvar todos los obstáculos que le impiden ser feliz y comprender porqué han sucedido determinadas cosas a lo largo de su vida.
Hasta el final no sabes cómo va a acabar la historia y te sorprenderá el desenlace.


martes, 10 de febrero de 2015

Mi reseña de "TRAILER, un triple definitivo"

"TRAILER, UN TRIPLE DEFINITIVO" Autor: ALMA GULOP

Ésta es la primera novela de la autora aunque tiene mucho relatos escritos y que comparte con tod@s sus lectores en los distintos grupos del facebook.
Se trata de la historia de amor entre Naiara, una periodista muy ambiciosa y Adán, un jugador de baloncesto. Todo comienza cuando eran unos adolescentes y doce años después vuelven a reencontrarse. Ella pensaba que aquellos sentimientos que había sentido por él ya se habían muerto pero descubre que no es así, que la llama todavía sigue viva y que no puedo traicionarlo. 
La historia está muy bien relatada, los personajes perfectamente definidos y es fácil ponerse en la piel de los protagonistas. Sí lo que deseáis es leer una historia corta pero intensa, seguro que la novela de Alma no os defraudará. 

viernes, 6 de febrero de 2015

Un relato de JAVIER NÚÑEZ - La habitación para la eternidad



UNA HABITACIÓN PARA LA ETERNIDAD
por Javier Núñez
Correctora: Bea Magaña

Rafaela se encontraba sentada ante una pequeña mesa de madera ajada, llena de vetas y nudos oscuros, jugando una partida de solitario con una baraja española. Las cartas dispuestas sobre la superficie gastada estaban combadas y llenas de dobleces. Cogió una  del montón que sostenía boca abajo en la mano izquierda, le dio la vuelta y la examinó. Comprobó que se trataba del cuatro de espadas y la dispuso en la parte inferior de una de las hileras. Pese a moverse con gestos lentos y pesados, no necesitó detenerse a pensar dónde ponerla. Había jugado tantas veces aquellas partidas. Tantas miles de veces…
Alzó la vista y miró hacia el pequeño bulto que yacía tendido en la cama, inmóvil frente a ella. El armazón de esta era de un hierro tan deslustrado que ni siquiera la luz del sol que se colaba tímidamente por la ventana era capaz de arrancarle un destello. El hombre que se encontraba bajo las mantas estaba recostado sobre el lado izquierdo, de cara a la suerte de puerta de que disponía la habitación, y permanecía inmóvil durante tanto tiempo que podía inducir a pensar que estaba muerto. Solo que no era así. No allí. La realidad era que se hallaba tan débil que apenas era capaz de mover una ínfima parte de su propio peso.
Rafaela regresó a su partida de solitario. Al agachar la cabeza comprobó que, por sí misma, su mano derecha ya había comenzado a depositar una sota de bastos en la parte inferior de otra de las hileras. El resultado no era importante para ella. Le daba igual si completaba o no el solitario, pero la decisión de seguir jugando no le pertenecía. Continuaba haciéndolo porque no tenía alternativa. Arrojar las cartas contra el suelo y cruzarse de brazos no constituía una opción válida. Su margen de movimientos no podía ser más reducido. Con excepción de algunas pequeñas modificaciones conductuales sin importancia, todo escapaba a su control. Todo estaba escrito, y quien lo hizo había usado tinta indeleble. De la que perduraba en el tiempo, sin siquiera emborronarse.
El As de copas, la siguiente carta, no encajaba en ninguna de las siete hileras, así que la devolvió al montón y cogió otra. Jugó durante un rato más. Hasta que, poco a poco, el montón fue disminuyendo de grosor, y se quedó con menos de una docena de cartas en la mano. Colocó un tres de oros al final de la tercera hilera empezando por la izquierda antes de que la partida entrara en una fase de bloqueo insalvable y no le quedara más remedio que darla por finalizada. Las soltó boca arriba, sobre la mesa, y comenzó a recogerlas para empezar una nueva.
Aunque, en realidad, no tenía nada de nueva.
No necesitaba jugarla para saber que la próxima también la perdería. Pero, aun así, debía hacerlo. Debía jugarla. Como todas las anteriores, y como todas las que vendrían después.
Cuando volvió a quedarse bloqueada —esta vez con solo cuatro cartas en la mano—, retiró la silla de madera hacia atrás y se levantó. La anea entrelazada crujió cuando despegó el trasero del asiento. Se alisó la falda y se acercó al hueco abierto en la pared que hacía las veces de ventana. Al otro lado de los listones de madera que la delimitaban, el cielo era de un color gris ceniza a causa de las numerosas nubes que lo cubrían —incluso bajo ellos; como si la habitación flotara en el espacio—. A través de estas, el sol pugnaba por abrirse paso como un aguerrido soldado en medio del fragor de la batalla. Cuando lo lograba, sus rayos diluían la penumbra en que se hallaba sumida la habitación e iluminaban vagamente sus contornos. Al mismo tiempo, los rasgos de Rafaela mutaban y se transformaban en un cúmulo entremezclado de luces y sombras en su rostro surcado de arrugas.
La última vez que había examinado su reflejo en un espejo tenía el pelo entrecano, y sabía que eso no había cambiado. Ni ninguna otra de las características de su apariencia o condición física. Seguía teniendo una acentuada red de varices en las piernas, la verruga con forma de lágrima del párpado izquierdo, molestias en la parte baja de la espalda como resultado de toda una vida de duro trabajo. Porque en aquel sitio las cosas no variaban. No mejoraban ni empeoraban. Ya que allí el tiempo —y todo cuanto pudiera guardar relación con él— no ejercía la menor influencia. De hecho, literalmente, no existía.
Al cabo de un rato se volvió, atravesó la habitación y se detuvo ante la cabecera de la cama. La cabeza del hombre yacía apoyada sobre una fina almohada. Tenía los carnosos párpados caídos sobre los pómulos, el pelo corto, negro y despeinado, y una barba desaliñada que se amontaba en torno a sus mejillas y bajo su barbilla como un ovillo de lana después de que un niño hubiera estado jugando con él. Bajo esta se adivinaban con claridad unas mejillas hundidas, que hacían que los pómulos parecieran más prominentes y los ojos más hundidos en sus cuencas. Su nariz era ancha y estaba sepultada bajo un aluvión de venitas rotas: un rasgo muy común entre los alcohólicos.
Rafaela no tenía ni idea de cómo se llamaba. De igual manera que no sabía por qué compartía esa habitación con ella. Por su aspecto, daba la impresión de que había llevado una vida desordenada y poco saludable. Y el hecho de que hubiera terminado allí añadía un nuevo elemento a la ecuación: no había sido una buena persona. Como ella, al parecer. Por eso permanecían atrapados en una burbuja que no estallaba y que todo apuntaba a que nunca lo haría.
Sus intentos de entablar conversación con el hombre habían pinchado en hueso. Era consciente de la presencia de Rafaela, pero hablar resultaba ser una tarea demasiado ardua para él. Rafaela pensaba que, para terminar en ese estado, debía haber hecho mucho daño y dejado tras de sí mucho dolor durante el tiempo que su corazón había bombeado sangre a todos los rincones de su organismo.
El hecho de que no solo hubiera terminado allí, sino que su castigo fuese permanecer inconsciente la mayor parte del tiempo, le había encogido el alma. Pero eso solo había sucedido al principio. Los primeros días, por así decirlo. Luego había concluido que existían varios preceptos inviolables, cuyo quebrantamiento le hacían a uno acabar allí. Y que el hombre debía haberse llevado unos cuantos por delante, como un obstáculo en medio de las vías al paso de un tren de mercancías. Varios peldaños por encima de los que quiera que se le atribuyesen a ella, en todo caso.
El hombre sufrió el esperado ataque de tos y Rafaela lo recibió con tranquilidad, inclinándose sobre él y rodeándole el cuerpo con los brazos. Bajo los huesudos omóplatos, su piel estaba blanda y correosa, y despedía un tufo agrio semejante al de la leche de un brick olvidado en el fondo de la nevera, detrás de un bote extragrande de mostaza. Tiró de él y lo incorporó sin dificultad. La manta con que se cubría cayó sobre su regazo, dejando a la vista un torso descarnado que era poco más que pellejo, en el que destacaban dos gruesos pezones sonrosados rodeados de una mata de oscuro pelo largo y rizado.
Estuvo dándole palmaditas en la espalda, sin preocuparse por que le tosiera en la cara, hasta que se le pasó. Seguía resultándole tan desagradable como la primera vez, pero hacía mucho que había dejado de atender a remilgos. Cuando el cuerpo del hombre empezó a relajarse, Rafaela lo apartó de sí y lo recostó nuevamente sobre el colchón. Su boca abierta dejaba a la vista unos dientes amarillentos y picados, y un reguero de baba le rodeaba la boca y se le escurría por entre la barba. Boqueó varias veces, como un pez fuera del agua. Entonces, entreabrió los ojos y articuló un inaudible «gracias».
Rafaela no contestó. El simple hecho de que aquel hombre estuviera allí le despertaba un profundo sentimiento de animadversión.
¿Cuál era la historia de su vida? ¿Qué era aquello tan horrible que le había hecho terminar en ese lugar?
Aunque, si lo odiaba, ¿lo justo no sería que se odiara también a sí misma? No recordaba nada de su vida anterior. Todo su pasado se había borrado de su cabeza como una foto velada. Así que no podía saber qué acción o acciones la habían condenado a quedar atrapada en aquel sitio. Pero, en el fondo, eso era lo de menos. Un mero detalle sin importancia, porque recordarlo no cambiaría nada, partiendo de la base de que el pasado era inalterable.
El hombre había vuelto a dormirse, y Rafaela se giró hacia la puerta que tenía a su espalda. O la apariencia de puerta, más bien, puesto que carecía de picaporte, cerradura y bisagras. Al principio de estar allí —fuera cuando eso fuese— la había aporreado y pedido ayuda a gritos, pero nunca acudió nadie. Y era demasiado robusta para una mujer de sesenta y tres años con problemas de circulación en las piernas y artrosis en las articulaciones. No podría tirarla abajo ni aunque fuese de cartón prensado.
Fuera, el cielo seguía siendo de un gris plomizo, pero el sol había ido desplazándose hacia el oeste hasta desaparecer del campo de visión que le ofrecía la ventana, sumiendo a la habitación en una penumbra aún más intensa de lo que había habido hasta entonces. Volvió sobre sus pasos y encendió la pequeña lamparita metálica que había sobre la mesa. La bombilla de escasa potencia iluminó un círculo de unos tres metros de diámetro que confirió un aire ominoso a la habitación.
Cuando el hombre encamado sufrió un nuevo ataque de tos —la tos de un fumador de toda la vida—, Rafaela volvió a incorporarlo y lo mantuvo sentado hasta que se le pasó. Esta vez, el hombre no le dio las gracias. Quizá porque se había quedado definitivamente sin fuerzas. Al cabo, lo recostó con cuidado y lo arropó con la sábana hasta el pecho.
—No soy una mala persona —dijo, elevando una protesta a la habitación vacía de oyentes.
Cada vez que llegaba aquel momento exacto abría la boca y las palabras brotaban del fondo de su garganta, estranguladas por la angustia. No siempre decía lo mismo. A veces, la queja variaba. Solo que no sabía si estaba diciendo la verdad o únicamente algo que se empeñaba en creer. Muy probablemente lo segundo, habida cuenta de los resultados.
Regresó a la mesa de madera desnuda y cogió la baraja. Al principio pensaba que, al menos, su castigador había tenido la deferencia de concederle algo con lo que distraerse. Entonces, en cierto momento del ciclo, se le había ocurrido que los naipes eran el pretexto perfecto para todo lo contrario. Dado que allí no existía el tiempo, las partidas de solitario eran su referencia respecto a cómo este transcurría subrepticiamente, igual que un sosegado río subterráneo que discurriera bajo sus pies. A cómo avanzaba en una dirección para, de pronto, trazar un giro brusco y regresar al punto de partida, desde donde volver a empezar.
Mientras barajaba sentía los últimos rayos de luz en la espalda. Ya no calentaban, y apenas lucían. El día tocaba a su fin para dar paso a la oscuridad de la noche. La extraña sensación de no comer nada había quedado atrás en algún punto del camino. No tenía hambre ni sueño, porque allí no existían esas dos cosas. Siempre tenía el estómago satisfecho y el cerebro despierto. Como máquinas autosuficientes.
Cuando terminó de barajar dispuso siete cartas sobre la mesa y comenzó una nueva partida, pese a que aun antes de hacerlo ya sabía que iba a perderla. Y la racha se prolongaría durante cuatro partidas más. Otras siete y tendría que volver a levantarse para incorporar al hombre después de que este sufriera otro ataque de tos. Diecinueve antes de verse obligada a interrumpir el juego para hacerlo de nuevo. Veintiséis antes del que llegaría a continuación. En torno a ciento cuarenta antes de que el sol volviera a despuntar por el horizonte.
Entre tanto, la noche transcurriría silenciosamente a su espalda, salpicada de estrellas y con la luna desplazándose en el mar de brea en que se había convertido el cielo. Acabó la partida que estaba jugando y, con la mente en blanco, recogió las cartas y se puso a barajarlas mientras su mirada yacía perdida en un punto de la pared situado por encima de la cama del hombre al que le había sido encomendado cuidar.
Dispuso otras siete sobre la mesa y dio inicio a una nueva partida.
Había pensado mucho y detenidamente qué era aquel lugar antes de llegar a una conclusión. La detestaba, pero era la explicación más razonable de cuantas había valorado.
Estaba en lo que, en Occidente, se hacía llamar Infierno.
No había fuego ni olor a azufre por ninguna parte. Tampoco llantos desconsolados, gritos de dolor o súplicas, pidiendo misericordia. Nada de eso. Tan solo una habitación de la que no podía salir, con un hombre enfermo en una cama, unos naipes y una ventana que le mostraba el circuito cerrado de luz y oscuridad, de día y noche en que se hallaba atrapada.
Como una aguja de tocadiscos atascada en los primeros segundos de una canción, repitiendo la misma parte una y otra vez.
Repitiéndolos por toda la eternidad.
-FIN-

Gracias por leerlo. Espero que te haya gustado.
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viernes, 30 de enero de 2015

Booktrailer de "No me dejes ahora"



NO ME DEJES AHORA ya tiene booktrailer. Una historia romántica hasta los huesos y con rasgos policíacos y de suspense. Ambientada en las calles de Santiago de Compostela. Descubre la gran aventura de Carla, la protagonista y de Alex, su monitor de aerobic, quien ocupará un lugar especial en su corazón. 



Para verlo, pincha aquí: Booktrailer