domingo, 8 de junio de 2014

UNA MALA NOCHE (Completo)



         Era otoño y hacía frio. Había una niebla densa y húmeda, capaz de calar en mis huesos, a pesar de llevar una cazadora acolchada por encima de la blusa.
         Yo odiaba el turno de noche. Mi abuela siempre me había dicho que la noche era para dormir, y yo precisamente, no estaba haciendo eso. Claro que prefería el trabajo de calle a estar sentada tras un ordenador, cumplimentando denuncias o atendiendo el teléfono.
         Esa noche recibimos un chivatazo que parecía de fiar, pues la fuente era bastante segura. Un compañero estaba de vacaciones, a otro lo habían trasladado de comisaría  y otro tenía permiso, dado que habían ingresado a su esposa en el hospital para una operación. El Comisario Jefe nos llamó a su despacho con cara de malas pulgas, como cabía esperar. Sergio siguió mis pasos sin rechistar.
         Tan pronto entramos, mandó cerrar la puerta de cristal y ordenó que nos sentáramos, mientras él buscaba en su mesa la nota que le habían pasado minutos antes. Era una persona malhumorada, tediosa, fatigante y muy desordenada visto desde fuera. Pese a ello, siempre encontraba lo que buscaba en tiempo record.
        Nos han llamado hace poco más de diez minutos, en relación al caso “Tuerto”  – expuso con voz de mando, al tiempo que tomaba asiento en su sillón de cuero.
         Nosotros continuamos en silencio, pues sabíamos que no le gustaba nada ser interrumpido en plena exposición y haciendo uso del cargo que regía.  
        Todos sabemos de quién se trata, y de lo sigiloso y cauto que es. Trabaja casi siempre solo y utiliza diversas identidades. También conocemos algunos de sus disfraces más usados y los lugares que suele frecuentar  – señaló convencido de lo que contaba –. Llevamos mucho tiempo queriendo arrestarlo, y por diversas circunstancias, no hemos podido proceder a ello. Hoy se presentan todas las papeletas para que sea vuestra noche y consigáis atrapar a ese desgraciado ¿algún problema?
        No señor, no tenemos ningún problema ¿A dónde debemos ir? – preguntó Sergio.
        El soplo dice que está en el Hostal Lumbre. Lleva varios días alojado allí. Sale por las noches, casi siempre con sombrero Fedora o gorra.
        Eso queda por el centro, en el casco viejo – aseguré.
        Efectivamente – manifestó el Comisario –. Tened mucho cuidado, pues es una zona poco segura, con calles estrechas y callejones sin salida. No quiero sorpresas, quiero resultados y no admitiré ningún fallo ¿Está claro? – concluyó con un tono de voz rotundo.
        ¿Y cuántos iremos hasta el lugar? – preguntó mi compañero, pues sabía que la persona que perseguiríamos era peligrosa.
        Los que estáis ahora mismo aquí, reunidos conmigo. No cuento con más personal y no podemos dejar escapar la oportunidad. Será un mérito más para nuestra comisaría, que falta nos hace – concluyó esperanzando.
         Cuando nos dirigimos a nuestros puestos para coger la ropa de abrigo y los walkie-talkies, él volvió a hablar, fuerte y contundente.
        Ese individuo es posible que vaya armado hasta los dientes. Estad vigilantes – sentenció.
        Sí señor – contestamos a la par.
         Ya en el coche policial, charlamos sobre lo bueno que sería para todos aprisionar a aquella alimaña, a la cual llevábamos tiempo siguiendo pero siempre había conseguido escapar.
         Eran las dos y media de la madrugada y las calles estaban desiertas, solamente se escuchaba el movimiento que las hojas de los árboles hacían al resbalar sobre el suelo adoquinado. Debido a los recortes presupuestarios, el ayuntamiento había tomado la decisión anti popular de apagar el alumbrado público a partir de las dos de la madrugada, para así, ahorrar en el consumo eléctrico.
         Dejamos el vehículo aparcado en un lugar alejado, para evitar que alguien le avisara de nuestra presencia. El Hostal quedaba en una zona que yo no conocía demasiado bien, y mi compañero tampoco. Calles oscuras y estrechas, casas viejas y abandonadas, muros sobre las aceras, orines de los perros en las entradas de las viviendas. Se notaba que era una faja de la ciudad dejada y olvidada por completo.
         A medida que nos íbamos acercando, el silencio hacía que nuestro sentido del oído se agudizara. No tanto el de la vista, debido a la humedad de la niebla nocturna, que penetraba en nuestros ojos, empañándolos como si fueran cristales. También a través de la ropa, haciendo que mi cuerpo se estremeciera, obligándome a subir lo máximo posible el cuello de la chaqueta.  
         Por el camino, habíamos trazado un plan. Primero esperaríamos a que él saliera de su madriguera con confianza. Después nos separaríamos, cada uno por un callejón, hasta detenerlo in fraganti.
         No tuvimos que esperar demasiado tiempo para poder verlo. Iba ataviado con una gabardina de color verde oliva, con el cuello tan alto que casi le tapaba el rostro, unos vaqueros desgastados, el sombrero tipo Fedora del que nos había hablado el Comisario y unas botas con puntera. También llevaba barba larga y las manos dentro de los bolsillos del gabán.
         Se dirigía hacia una zona donde había bares que abrían hasta altas horas de la madrugada y clubs de alterne. Debíamos actuar antes de que llegara allí. No queríamos tener complicaciones con el jefe de la comisaría. Decidimos separarnos. Sergio le cortaría el paso tres calles más al sur, y yo lo acorralaría.
         Él caminaba tranquilo, con pasos continuos y meditados. La cabeza la llevaba mirando al frente, como buscando enemigos, peligros o amenazas que rompieran su sosegado paseo.
         Lo tenía a pocos metros de distancia de mí. Sergio también debía estar cerca. Era el momento ideal de intervenir. Una imprevista ráfaga de viento atravesó el callejón, como salida de la nada, sacudiendo mi cola de caballo y mi quietud.
         No podía esperar más y grité:
        ¡Policía, levanta las manos!
         Él se detuvo, aunque no se giró en ningún momento. Seguramente estaría pensando la forma de huir.
         Con un tono de voz serio y seguro, volví a hablar:
        ¡Date la vuelta y pon las manos donde yo pueda verlas!
         Sergio no aparecía. Empezaba a inquietarme por él.
         El Tuerto seguía sin hacer movimiento alguno, lo cual no estaba segura si era una noticia buena o mala.
        Voy a acercarme a ti, ¡saca las manos de los bolsillos! – exigí sin más preámbulos.
         A medida que me iba aproximando, una sensación de que algo no marchaba bien me invadió. Normalmente trabajábamos en equipo y en ese momento me sentía sola, desprotegida y expectante ¿Dónde narices se encontraba Sergio?
         Él comenzó a caminar hacia delante, ignorando mi presencia.         
        ¡Detente o disparo! – espeté ante mi incredulidad.
         Quedaban aproximadamente diez metros para girar a la siguiente calle. Estaba segura de que él aprovecharía esa ocasión para correr.
         <<¡¡¡Sergio, te necesito aquí, ya!!!>>
         El protocolo sobre cómo actuar ante la huida de un delincuente era claro, y más, teniendo en cuenta que no debíamos actuar por cuenta propia, sin contar con la opinión del compañero. Cuando se daban casos así, lo recomendable era abandonar el lugar, antes que arriesgar la vida propia y de terceros. Pero el Comisario Jefe había sido contundente. Necesitábamos hacer esa detención, por el bien de la sociedad en general y de la Comisaría en particular.
         Consiguió girar la calle. Sólo quedaban tres opciones. Que continuara de frente, que tomara la primera calle a la izquierda o que se decantara por adentrarse en el callejón sin salida que había inmediatamente a la derecha.
         Me arrimé cuanto pude al edificio que tenía a mi derecha, cayéndome gotas de agua de la gárgola que había sobre mí. Cuando me disponía a torcer la esquina, recibí un disparo, con tan buena suerte que ni siquiera me rozó. Entre la oscuridad del lugar y la compacta niebla, no conseguía ver con claridad, y eso me estaba encolerizando. Esperaba que el disparo hubiera alertado a mi compañero.
         Saqué la cabeza unos segundos para mirar si seguía en el mismo lugar y no estaba. Tomé la calle y con las dos manos levantadas a la altura del pecho sujetaba mi arma. Fui dando pasos secretos, pero la mala suerte me acompañaba. Tropecé con unas latas de refrescos tiradas en el suelo, haciendo un ruido considerable y delatando así, mi posición. Para mi sorpresa, salió del callejón que tenía justo a mi derecha y volvió a disparar. El disparo iba dirigido a mi cabeza, pero gracias a mis entrenamientos y mis buenos reflejos, una vez más conseguí esquivarlo, agachándome hábilmente. Tuve que retroceder para volver a ocultarme en la calle anterior.
         Además de ser un ladrón de guante blanco, no le importaba mancharse las manos de sangre. A esa gente le da igual asesinar o herir cruelmente a sus víctimas, con tal de conseguir su botín y no ser alcanzados ni reconocidos.
         En pocos minutos se había formado una tormenta, que amenazaba lluvias intensas. Los relámpagos iluminan las oscuras calles, ofreciendo una imagen apabullante.
         Volví a salir, decidida a alcanzarlo. Caminé unos metros y no se escuchaba nada, sólo los truenos y la lluvia que caía sobre los adoquines. Pensé que posiblemente se hubiera escapado, pensando que habría un batallón de policías en su caza.
         Tenía el cabello, la cara y toda la ropa empapada, pero aun así, seguiría en mi empeño de reducirlo.
         En el callejón no había nadie, ni tampoco por la calle de la izquierda. La única opción era seguir de frente.
         Un ruido inesperado tras de mí, hizo que me volteara con nerviosismo, apuntando con mi pistola hacia el causante. Un perro callejero había tirado una pequeña papelera, esparciendo por la acera los restos que contenía en su interior. Mi humor no estaba para bromas en ese momento ¿dónde estaría Sergio?
         Después de esos segundos de distracción, volví a concentrarme en el objetivo que nos había llevado hasta allí. El trabajo sería mucho más fácil si mi compañero estuviera a mi lado, o siguiendo el plan que habíamos esbozado entre los dos.
         Mirando hacia un lado y hacia el otro, seguí el curso de la calle con el arma bien empuñada. De vez en cuando, tenía que pasarme el torso de mi mano izquierda para secarme la cara.
         De repente, sentí a poca distancia de mí, otro ruido, éste provenía de la siguiente callejuela. Sin pensarlo dos veces, corrí lo más rápido que pude hasta llegar a la esquina. Agarré el arma con decisión y me coloqué en el centro, con las piernas ampliamente abiertas para asegurarme, en caso de tener que efectuar un disparo.
         Tras de mí, otro ruido ¿qué estaba pasando allí?
         El fugitivo había huido. Maldije mi mala suerte y bajé las manos, considerando que todo había terminado. Volvía sobre mis pasos, pensando en la cara que iba a poner el Comisario al enterarse de que se nos había escapado, cuando percibí nuevamente la presencia del alguien. Sabía que en ese momento era totalmente vulnerable. Estaba de espaldas, con el arma guardada en la funda y el ánimo a ras del suelo. Sin embargo, me giré lo más dinámica que pude, desenfundé mi pistola y busqué el objetivo, que estaba a más de veinte metros de mí. En cuestión de segundos le disparé sin pensarlo, en vista de sus anteriores actuaciones. O él, o yo. El cuerpo cayó al suelo, rotundo, exánime. Me fui acercando, despacio, con cautela. Cogí mi walkie-talkie para llamar a Sergio. Hasta ese instante, hacerlo era arriesgar la vida de ambos. No contestaba.
Cuál fue mi sorpresa, cuando vuelvo la vista atrás y consigo escudriñar la imagen del “Tuerto”, vivito y coleando.

¿A quién acababa de matar?

SANDRA EC

viernes, 6 de junio de 2014

===UNA MALA NOCHE=== (segunda parte)



            .......
         Dejamos el vehículo aparcado en un lugar alejado, para evitar que alguien le avisara de nuestra presencia. El Hostal quedaba en una zona que yo no conocía demasiado bien, y mi compañero tampoco. Calles oscuras y estrechas, casas viejas y abandonadas, muros sobre las aceras, orines de los perros en las entradas de las viviendas. Se notaba que era una faja de la ciudad dejada y olvidada por completo.
         A medida que nos íbamos acercando, el silencio hacía que nuestro sentido del oído se agudizara. No tanto el de la vista, debido a la humedad de la niebla nocturna, que penetraba en nuestros ojos, empañándolos como si fueran cristales. También a través de la ropa, haciendo que mi cuerpo se estremeciera, obligándome a subir lo máximo posible el cuello de la chaqueta.  
         Por el camino, habíamos trazado un plan. Primero esperaríamos a que él saliera de su madriguera con confianza. Después nos separaríamos, cada uno por un callejón, hasta detenerlo in fraganti.
         No tuvimos que esperar demasiado tiempo para poder verlo. Iba ataviado con una gabardina de color verde oliva, con el cuello tan alto que casi le tapaba el rostro, unos vaqueros desgastados, el sombrero tipo Fedora del que nos había hablado el Comisario y unas botas con puntera. También llevaba barba larga y las manos dentro de los bolsillos del gabán.
         Se dirigía hacia una zona donde había bares que abrían hasta altas horas de la madrugada y clubs de alterne. Debíamos actuar antes de que llegara allí. No queríamos tener complicaciones con el jefe de la comisaría. Decidimos separarnos. Sergio le cortaría el paso tres calles más al sur, y yo lo acorralaría.
         Él caminaba tranquilo, con pasos continuos y meditados. La cabeza la llevaba mirando al frente, como buscando enemigos, peligros o amenazas que rompieran su sosegado paseo.
         Lo tenía a pocos metros de distancia de mí. Sergio también debía estar cerca. Era el momento ideal de intervenir. Una imprevista ráfaga de viento atravesó el callejón, como salida de la nada, sacudiendo mi cola de caballo y mi quietud.
         No podía esperar más y grité:
        ¡Policía, levanta las manos!
         Él se detuvo, aunque no se giró en ningún momento. Seguramente estaría pensando la forma de huir.
         Con un tono de voz serio y seguro, volví a hablar:
        ¡Date la vuelta y pon las manos donde yo pueda verlas!
         Sergio no aparecía. Empezaba a inquietarme por él.
         El Tuerto seguía sin hacer movimiento alguno, lo cual no estaba segura si era una noticia buena o mala.
        Voy a acercarme a ti, ¡saca las manos de los bolsillos! – exigí sin más preámbulos.
         A medida que me iba aproximando, una sensación de que algo no marchaba bien me invadió. Normalmente trabajábamos en equipo y en ese momento me sentía sola, desprotegida y expectante ¿Dónde narices se encontraba Sergio?
         Él comenzó a caminar hacia delante, ignorando mi presencia.         
        ¡Detente o disparo! – espeté ante mi incredulidad.
         Quedaban aproximadamente diez metros para girar a la siguiente calle. Estaba segura de que él aprovecharía esa ocasión para correr.
         <<¡¡¡Sergio, te necesito aquí, ya!!!>>
         El protocolo sobre cómo actuar ante la huida de un delincuente era claro, y más, teniendo en cuenta que no debíamos actuar por cuenta propia, sin contar con la opinión del compañero. Cuando se daban casos así, lo recomendable era abandonar el lugar, antes que arriesgar la vida propia y de terceros. Pero el Comisario Jefe había sido contundente. Necesitábamos hacer esa detención, por el bien de la sociedad en general y de la Comisaría en particular.
         Consiguió girar la calle. Sólo quedaban tres opciones. Que continuara de frente, que tomara la primera calle a la izquierda o que se decantara por adentrarse en el callejón sin salida que había inmediatamente a la derecha.
         Me arrimé cuanto pude al edificio que tenía a mi derecha, cayéndome gotas de agua de la gárgola que había sobre mí. Cuando me disponía a torcer la esquina, recibí un disparo, con tan buena suerte que ni siquiera me rozó. Entre la oscuridad del lugar y la compacta niebla, no conseguía ver con claridad, y eso me estaba encolerizando. Esperaba que el disparo hubiera alertado a mi compañero.
         Saqué la cabeza unos segundos para mirar si seguía en el mismo lugar y no estaba. Tomé la calle y con las dos manos levantadas a la altura del pecho sujetaba mi arma. Fui dando pasos secretos, pero la mala suerte me acompañaba. Tropecé con unas latas de refrescos tiradas en el suelo, haciendo un ruido considerable y delatando así, mi posición. Para mi sorpresa, salió del callejón que tenía justo a mi derecha y volvió a disparar. El disparo iba dirigido a mi cabeza, pero gracias a mis entrenamientos y mis buenos reflejos, una vez más conseguí esquivarlo, agachándome hábilmente. Tuve que retroceder para volver a ocultarme en la calle anterior.
         Además de ser un ladrón de guante blanco, no le importaba mancharse las manos de sangre. A esa gente le da igual asesinar o herir cruelmente a sus víctimas, con tal de conseguir su botín y no ser alcanzados ni reconocidos.
         En pocos minutos se había formado una tormenta, que amenazaba lluvias intensas. Los relámpagos iluminan las oscuras calles, ofreciendo una imagen apabullante.
         Volví a salir, decidida a alcanzarlo. Caminé unos metros y no se escuchaba nada, sólo los truenos y la lluvia que caía sobre los adoquines. Pensé que posiblemente se hubiera escapado, pensando que habría un batallón de policías en su caza.
         Tenía el cabello, la cara y toda la ropa empapada, pero aun así, seguiría en mi empeño de reducirlo.
         En el callejón no había nadie, ni tampoco por la calle de la izquierda. La única opción era seguir de frente.
         Un ruido inesperado tras de mí, hizo que me volteara con nerviosismo, apuntando con mi pistola hacia el causante. Un perro callejero había tirado una pequeña papelera, esparciendo por la acera los restos que contenía en su interior. Mi humor no estaba para bromas en ese momento ¿dónde estaría Sergio?
         Después de esos segundos de distracción, volví a concentrarme en el objetivo que nos había llevado hasta allí. El trabajo sería mucho más fácil si mi compañero estuviera a mi lado, o siguiendo el plan que habíamos esbozado entre los dos.
         Mirando hacia un lado y hacia el otro, seguí el curso de la calle con el arma bien empuñada. De vez en cuando, tenía que pasarme el torso de mi mano izquierda para secarme la cara.
         De repente, sentí a poca distancia de mí, otro ruido, éste provenía de la siguiente callejuela. Sin pensarlo dos veces, corrí lo más rápido que pude hasta llegar a la esquina. Agarré el arma con decisión y me coloqué en el centro, con las piernas ampliamente abiertas para asegurarme, en caso de tener que efectuar un disparo.
         Tras de mí, otro ruido ¿qué estaba pasando allí?
         El fugitivo había huido. Maldije mi mala suerte y bajé las manos, considerando que todo había terminado. Volvía sobre mis pasos, pensando en la cara que iba a poner el Comisario al enterarse de que se nos había escapado, cuando percibí nuevamente la presencia del alguien. Sabía que en ese momento era totalmente vulnerable. Estaba de espaldas, con el arma guardada en la funda y el ánimo a ras del suelo. Sin embargo, me giré lo más dinámica que pude, desenfundé mi pistola y busqué el objetivo, que estaba a más de veinte metros de mí. En cuestión de segundos le disparé sin pensarlo, en vista de sus anteriores actuaciones. O él, o yo. El cuerpo cayó al suelo, rotundo, exánime. Me fui acercando, despacio, con cautela. Cogí mi walkie-talkie para llamar a Sergio. Hasta ese instante, hacerlo era arriesgar la vida de ambos. No contestaba.
Cuál fue mi sorpresa, cuando vuelvo la vista atrás y consigo escudriñar la imagen del “Tuerto”, vivito y coleando.

¿A quién acababa de matar?

SANDRA EC

jueves, 5 de junio de 2014

===UNA MALA NOCHE=== (primera parte)



         Era otoño y hacía frio. Había una niebla densa y húmeda, capaz de calar en mis huesos, a pesar de llevar una cazadora acolchada por encima de la blusa.
         Yo odiaba el turno de noche. Mi abuela siempre me había dicho que la noche era para dormir, y yo precisamente, no estaba haciendo eso. Claro que prefería el trabajo de calle a estar sentada tras un ordenador, cumplimentando denuncias o atendiendo el teléfono.
         Esa noche recibimos un chivatazo que parecía de fiar, pues la fuente era bastante segura. Un compañero estaba de vacaciones, a otro lo habían trasladado de comisaría  y otro tenía permiso, dado que habían ingresado a su esposa en el hospital para una operación. El Comisario Jefe nos llamó a su despacho con cara de malas pulgas, como cabía esperar. Sergio siguió mis pasos sin rechistar.
         Tan pronto entramos, mandó cerrar la puerta de cristal y ordenó que nos sentáramos, mientras él buscaba en su mesa la nota que le habían pasado minutos antes. Era una persona malhumorada, tediosa, fatigante y muy desordenada visto desde fuera. Pese a ello, siempre encontraba lo que buscaba en tiempo record.
        Nos han llamado hace poco más de diez minutos, en relación al caso “Tuerto”  – expuso con voz de mando, al tiempo que tomaba asiento en su sillón de cuero.
         Nosotros continuamos en silencio, pues sabíamos que no le gustaba nada ser interrumpido en plena exposición y haciendo uso del cargo que regía.  
        Todos sabemos de quién se trata, y de lo sigiloso y cauto que es. Trabaja casi siempre solo y utiliza diversas identidades. También conocemos algunos de sus disfraces más usados y los lugares que suele frecuentar  – señaló convencido de lo que contaba –. Llevamos mucho tiempo queriendo arrestarlo, y por diversas circunstancias, no hemos podido proceder a ello. Hoy se presentan todas las papeletas para que sea vuestra noche y consigáis atrapar a ese desgraciado ¿algún problema?
        No señor, no tenemos ningún problema ¿A dónde debemos ir? – preguntó Sergio.
        El soplo dice que está en el Hostal Lumbre. Lleva varios días alojado allí. Sale por las noches, casi siempre con sombrero Fedora o gorra.
        Eso queda por el centro, en el casco viejo – aseguré.
        Efectivamente – manifestó el Comisario –. Tened mucho cuidado, pues es una zona poco segura, con calles estrechas y callejones sin salida. No quiero sorpresas, quiero resultados y no admitiré ningún fallo ¿Está claro? – concluyó con un tono de voz rotundo.
        ¿Y cuántos iremos hasta el lugar? – preguntó mi compañero, pues sabía que la persona que perseguiríamos era peligrosa.
        Los que estáis ahora mismo aquí, reunidos conmigo. No cuento con más personal y no podemos dejar escapar la oportunidad. Será un mérito más para nuestra comisaría, que falta nos hace – concluyó esperanzando.
         Cuando nos dirigimos a nuestros puestos para coger la ropa de abrigo y los walkie-talkies, él volvió a hablar, fuerte y contundente.
        Ese individuo es posible que vaya armado hasta los dientes. Estad vigilantes – sentenció.
        Sí señor – contestamos a la par.
         Ya en el coche policial, charlamos sobre lo bueno que sería para todos aprisionar a aquella alimaña, a la cual llevábamos tiempo siguiendo pero siempre había conseguido escapar.

         Eran las dos y media de la madrugada y las calles estaban desiertas, solamente se escuchaba el movimiento que las hojas de los árboles hacían al resbalar sobre el suelo adoquinado. Debido a los recortes presupuestarios, el ayuntamiento había tomado la decisión anti popular de apagar el alumbrado público a partir de las dos de la madrugada, para así, ahorrar en el consumo eléctrico............ 


miércoles, 4 de junio de 2014

---LA UNIÓN HACE LA FUERZA---


                Mis padres siempre me habían dicho que no me juntase con esa clase de animales, pues en un abrir y cerrar de ojos, te están engullendo. Unos, un poco torpes en sus movimientos, ruidosos y ciertamente descuidados. Mi madre me enseñó a caminar despacio, muy sigiloso y siempre pendiente de lo que ocurre a mi alrededor. Otros, en cambio, se aprovechan de nuestra vulnerabilidad o exceso de confianza, repartiendo zarpazos en el más absoluto silencio y oscuridad, para que no los puedas identificar.
                Ellos siempre me dijeron que tuviese los ojos bien abiertos, y que no me fiase si un compañero, en acto amigable, deja a mi merced un suculento ratón; sin embargo, yo siempre he confiado en mis iguales, mi olfato gatuno creía no equivocarse.
                El recinto donde acostumbrábamos a pasar el día, después de una nutritiva comida, era amplio y muy soleado. Una extensión de hierbas ya marchitadas por el avance del verano y la escasez de lluvias. Cada uno de nosotros tenía un lugar establecido para el aseo y posterior descanso. La paz reinaba en aquel espacio hasta que un ejemplar, que más parecía el demonio que un gato, se dejó caer por allí. Sus rasgos lo decían todo. Mirada maléfica, satánica y bigotes en forma de anticristo.
                En poco tiempo consiguió implantar sus normas y voluntad, pasando a ser todos sumisos y esclavos. Cada mañana teníamos que cazar el mayor número de presas para él, o de lo contrario éramos desterrados de nuestra propia tierra. Ninguno de mis compañeros protestó ni dijo nada. Lo único que comentaban en corrillos era que, la ley del más fuerte siempre prevalece, y pensando que en caso de peligro, ese supuesto líder los salvaría del mismo, considerándolo como el Rey de la tribu.
                A mí no me hacía ninguna gracia tener que compartir mis capturas con aquel individuo que se pasaba el día postrado a la sombra, con un pelaje lustroso y saludable, rodeado de las mejores hembras de la zona. Me dejaba el pellejo cada vez que salía en busca de alimento, arriesgándome a ser el rico almuerzo de Toby, un perro de grandes dimensiones y olfato divino. Muchas veces he tenido que engañarlo, para poder escapar de sus zarpas.
                Una mañana de otoño, cuando ya las temperaturas habían refrescado y la tierra amanecía húmeda por el rocío, me obligó a desplazarme hasta un cinturón de la ciudad un tanto desconocido para mí. Regresé cabizbajo, con un botín mediocre, indigno de un vasallo.
         ¿Qué me traes? – me preguntó, tan pronto me vio asomar el hocico por nuestro descampado.
         Hoy ha sido un mal día. Aquel sitio estaba plagado de perros, imposible cazar sin la mirada penetrante de aquellos hurones.
         Ya sabía yo que eras un inútil, un auténtico incompetente – protestó con voz enfurecida.
         Pensé que podría engañarlos, pero se ve que están entrenados.
         Pensé, pensé, tú aquí no estás para pensar, ya te lo he dicho en varias ocasiones. Aquí estas para hacer lo que yo te diga, ni más, ni menos – maulló colérico.
         Lo siento, no volverá a ocurrir – me disculpé con vergüenza.
         ¿Tengo que hacerlo yo todo? – gritó, mientras todos los demás se reían a carcajadas –. Si no sabes hacer bien tu trabajo, ya sabes dónde está la salida. Vuelve a aquel lugar y no regreses hasta cumplir con tu cupo.
                Bajo la observación de todos, testigos de mi humillación, me retiré del lugar. Tenía el ánimo a ras del suelo, me sentía como si me atiborraran a palos.
                A partir de ese día, las vejaciones fueron continuas en el tiempo, haciéndose cada vez más pesadas y degradantes. Los compañeros que acostumbraban a salir conmigo de caza, habían sido trasladados a otros lugares mucho menos peligrosos, sin perros callejeros a la vista, por indicaciones del cabecilla.
                Mi salud empezaba a resentirse. Aquel pelaje tan envidiado por los demás felinos, de color gris ceniza, brillante y meticulosamente cuidado, se transformó en una madeja de pelos enmarañados que habían perdido totalmente el resplandor. Tenía los ojos tristes, casi llorosos y mis bigotes rozaban el suelo.
                Deseaba mantener la amistad con mis amigos de siempre, aquellos que habían nacido en el mismo lugar que yo, con los que había compartido correrías, algún que otro secreto y nos habíamos ayudado mutuamente. Pero Trus se encargó de que eso no fuera posible. Con sus artimañas de buen orador, consiguió poner a todos en mi contra, creando falsas historias y bulos. Nadie se atrevía a llevarle la contraria, había creado un ambiente de miedo y pavor entre nuestra comunidad, donde antes se vivía con tranquilidad y cierta despreocupación.
                Aislado de todo lo que antes había sido una parte importante de mi gatuna existencia, atrapando ratones o pequeñas aves despistadas, me sentí el ser más miserable, bajo aquel cielo lleno de nubes tan grises como mi propia realidad.
                Un día mandó a uno de mis anteriores compañeros a que me acompañara en la salida rutinaria, y de paso, asegurarse así de que su secuaz, cumplía con las normas establecidas. Yo, en aquel entonces, pensé que había recapacitado y que las aguas volverían a su cauce original. Tardé poco tiempo en darme cuenta de lo ingenuo que había sido, creyendo que Trus había recapacitado.
                Estaba a punto de conseguir el botín, cuando mi olfato interceptó que algo no iba bien. Noté como los pelos del lomo se me erizaban, mis orejas estaban tiesas y los ojos fruncidos. Observé a mi alrededor y no había atisbos del colega que me había escoltado. Se había difuminado, sin avisarme del peligro que corría.
                Dejé a un lado tan apetitoso manjar y disimulé mi preocupación, buscando alternativas a corto plazo. A pocos metros, un perro huesudo y muerto de hambre enseñaba sus dientes asquerosos, elevando de forma exagerada una trufa embarrada y emitiendo sonidos intimidantes. Sin pensarlo dos veces, empecé a correr hacia uno de los márgenes, donde vi cómo algunos disfrutaban de la escena que tenían ante ellos. También comprobé como todos, excepto uno, me negaron la ayuda que les pedía a gritos. El muro era demasiado alto para mí, pero ese anónimo me ofreció su pata derecha y gracias a él, conseguí trepar hasta llegar al punto más alto, poniendo mi vida a salvo.
                Cuando regresé al puesto de mando, Trus me esperaba con una sonrisa burlona, apuntándome con su pata grasienta. Se estaba mofando de mi arriesgada aventura, aunque le hubiera gustado que cayera bajo aquellas uñas hambrientas. Ver como se removía en las hierbas a carcajada tendida, con las patas hacia el cielo y la cabeza pegada al suelo, me produjo una sensación de pesadumbre y a la vez, de repulsa. Los allí presentes, imitaban sus acciones sin rechistar, aplaudiendo cada uno de sus sarcasmos, igual que muñecos de trapo.
                Lejos de amedrentarme, erguí lo máximo que pude la cabeza y salí de aquel lugar tóxico, donde lo único que se respiraba era intimidación, chantaje y desaliento. El mundo gatuno se había vuelto corrupto, venenoso e infecto. Las palabras “amistad, confianza, ayuda, empatía y colaboración” ya no existían, ya nadie las conocía y ponía en práctica.
                Esa noche la pasé solo, escondido en una caseta abandonada. El paso efímero de las horas, me ayudó a pensar y a tomar la decisión más importante y relevante de mi historia. Hablaría con los que había considerado siempre amigos y con otros compañeros, para pedirles su apoyo y acabar con aquel hostigador que tenía a todos atemorizados.
                Llevaba días durmiendo mal y mis costillas empezaban a ser cada vez más visibles, a pesar de la capa de pelo que tenía. Todos los roedores que conseguía cazar, debían ser entregados sin reserva alguna; ya que sus esbirros se encargaban de controlarme.
                Por la mañana, bien temprano, conseguí escabullirme de los guardias, y me dirigí a una zona algo más segura, donde masticar algo fresco. A lo lejos, podía escuchar cómo los subordinados maullaban órdenes a los pobres desgraciados que acataban las mismas, sin oposición alguna, pero eso debía acabar.
                Una vez recuperada parte de las fuerzas, me dirigí hacia el lugar que sabía seguro, estarían algunos de ellos. Al principio ni se habían enterado de mi presencia, hasta que alcé la voz y todos buscaron con la mirada de dónde provenía aquel tenaz maullido.
                Con serenidad, expuse mis argumentos, ofreciéndoles la posibilidad de unirnos y formar una sola voz, para afrontar el problema. Nadie contestó ni contrarió mis proposiciones. Se limitaron a escucharme y a analizar mis palabras, meneando la cola de vez en cuando, mientras se lamían y relamían. Mi última oferta fue retarles a acompañarme esa misma tarde hasta el mausoleo que había construido Trus.
                Allí estaban todos, rodeando al gran minino, tumbados al sol, sobre un prado recién segado. Él, cuando vio que me acercaba hasta su trono, se irguió impaciente, invitándome a volver por donde había venido. Pero yo, lejos de amilanarme y guardar mi cola entre las patas traseras, continué con el paseíllo, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, algo que lo enervó especialmente, pues estaba acostumbrado a que todos obedecieran sus propios mandamientos y agacharan la cabeza.
         ¿Qué haces aquí? – preguntó con un tono de voz un tanto irónico –. Sabes que has sido desterrado de mi jurisdicción.
         Para empezar, esto no es tuyo, lo hemos compartido todos en armonía hasta que llegaste tú, con tus estúpidas reglas.
         Sal de mi vista ya – gruñó muy enfadado. Los ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.
         Antes debo decirte algunas cosas – contesté sin miedo.
         Tú no eres quien para decirme nada, ¿lo entiendes? Eres un simple Don Nadie – sostuvo indignado.
         Eso es lo que tú crees, pero los demás están conmigo. Todos apoyan que debes largarte de nuestras tierras. Las ratas que cacemos, serán para nuestro propio sustento, y no tenemos por qué mantenerte. Nos tratas como estiércol y por lo tanto, no eres digno de nuestra amistad.
         No serás capaz de hacer tal cosa – dijo, enseñando su dentadura perfecta –. Esta chusma que ves a mi alrededor, me adora. Yo los protejo y les doy cobijo, no necesitan nada más.
         No necesitan de tu protección – repliqué.
         No quiero escuchar más sandeces. Lárgate de mi vista antes de que te dé un buen zarpazo – empezaba a estar molesto.
         No pienso irme de aquí hasta que recojas tus bártulos y desaparezcas de nuestra vista – reivindiqué –. ¿Quién está conmigo?
                Durante unos minutos se hizo un silencio que, más parecía el entierro del tan querido Gato con Botas. Empezaba a inquietarme cuando, el compañero que me había tendido una pata días antes, se puso a mi lado, pasándome una de sus patitas atigradas sobre mi lomo. Le respondí con un afable guiño, agradeciendo su gesto.
                No pasó ni un minuto desde que San se acercó a mí para acompañarme en el reto, cuando, uno tras de otro, gatos de todos los lugares se fueron acercando a nosotros. Jóvenes o ancianos, sanos, enfermos, tuertos; poco a poco, abandonaron la zona oscura, gris y tormentosa, buscando la libertad, la paz, el amor libre, vivir sin coacciones, sin gritos ni amenazas, sin miedo, sin sentirse inferiores y desmotivados.
                Ya nadie quedaba del otro lado, sólo Trus, que mantenía su pose altanera.
         ¡Me las pagarás! – vociferó enojado.
         ¡Abandona este lugar y no te atrevas a volver! Aquí queremos integrantes que aporten cosas positivas y no se pasen el día dando órdenes injuriosas y maldicientes, queremos que la comida sea repartida con los enfermos y no tener cánones ni rentas que nada nos contribuyen – mi voz era sosegada y a la vez firme y convincente.
         Que quede claro que me voy por voluntad propia, pues no deseo estar con gente tan egoísta, ordinaria y vulgar – dijo, sin saber el revuelo que sus palabras producirían.
                La manada empezó a maullar en grupo. Estaban indignados e irritados ante tales manifestaciones. Se creó un profundo malestar y yo no sabía cómo atajarlo, entre otras cosas, porque sus expresiones también me habían dolido. Unos mostraban sus dientes afilados y punzantes, otros elevaban sus zarpas puntiagudas en señal de advertencia, y algunos se fueron acercando cada vez más hacia él, con la intención de darle su merecido.
         ¡No! – grité –, no vale la pena manchar nuestras pezuñas con su sangre contaminada de rabia y envidia. Dejad que se vaya, creo que le ha quedado claro que todos deseamos su inminente partida. Nosotros no somos con él, cobardes, sitiadores o acosadores.
                El círculo que habían trazado alrededor de Trus se abrió en uno de sus extremos, ofreciéndole así su retirada. Con la cola a rastras, fue desfilando por entre ellos, manteniendo la mirada despiadada y feroz que tanto lo caracterizaba.
                A partir de ese día, la concordia reinó entre nosotros y algo les quedó muy claro: “La Unidad, hace la Fuerza”.

SANDRA EC


martes, 3 de junio de 2014

¡¡¡¡HOY QUIERO CONFESAR!!!!



                Alba se sentía perdida, desgraciada, sola y muerta por dentro. Su vida no había sido precisamente fácil, ni mucho menos. Unos padres retrógrados y alcohólicos, de los cuales nunca escuchó una palabra de aliento, un hermano mayor empecinado en desgraciarse su propia vida, la miseria de no tener nada que meterse en la boca y algún que otro factor, la obligaron a tomar medidas drásticas.
                Desde los dieciséis años, ejerce la prostitución en las calles más peligrosas y expuestas de la ciudad. Ella hubiera querido ser farmacéutica o veterinaria, pero nadie había apostado por su persona. Comentarios como “Tu no vales para nada” o “Eso no es para ti” eran el pan de cada día en su hogar. Argumentos como esos, desmotivan a cualquier persona con déficit de seguridad en sí misma, como era el caso de Alba.
                Los primeros años fueron fáciles, pues su juventud, su fortaleza y belleza empujaban. Alguna de sus compañeras de oficio e incluso clientes, consumían drogas en su presencia, algo a lo que ella siempre se había negado, teniendo en cuenta que lo vivía todos los días en casa, con su hermano. Nunca se sintió cómoda entregando su cuerpo a cambio de dinero, en ocasiones temió por su integridad, ante la agresividad de ciertos individuos que acudían a ella. Esa vida no le gustaba nada, ella quería amor, pero amor real, de ese que te hace vibrar y te quita el sueño, te hace sonreír hasta en los peores momentos y da sentido a la vida, como en las novelas románticas.
                Después, los clientes empezaron a ser más selectivos, buscando chicas más jóvenes y no tan magreadas y llegó la tan temida crisis, obligándolas a trabajar más horas y bajar los precios de los servicios que ofrecían.
                Su amiga estaba hasta arriba de cocaína. Ya no era la misma de antes y era incapaz de entablar una conversación normal. El dinero que ganaba, casi no le daba para pagar las deudas de las drogas y el alquiler a medias de la habitación. Una mañana fría de febrero, no apareció a trabajar. Alarmada, buscó en su bolso la llave del piso donde vivía y decidió desplazarse hasta allí. Tocó con sus nudillos en la puerta del dormitorio, y al no escuchar una contestación, abrió despacio. La luz estaba encendida y ella yacía sobre la cama, con los ojos ampliamente abiertos, mirando hacia el techo y con una jeringuilla clavada en el brazo derecho.
                Desde ese día, su vida cambió radicalmente. Se arrepentía de no haber continuado con los estudios.  Lo único que la mantenía con vida era su fe.
                Los domingos por la mañana, asistía a misa como cualquier feligresa. Dentro, sólo se escuchaba el suave sonido de algunos pájaros trazando sus nidos en lo alto del campanario. La luz era tenue y fría, igual que las paredes de piedra antigua, arcaicas y deslucidas por el tiempo. Para pasar desapercibida, cambiaba de indumentaria y de actitud. El sacerdote era un chico joven, moderno en su forma de vestir y de hablar, con gafas y una mirada tierna, enriquecedora.
                Ella siempre pedía ser confesada en privado; ocasión perfecta para desahogarse de todo aquello que la atormentaba y, al mismo tiempo, avergonzaba. Él, sin embargo, no la censuraba ni la cuestionaba. Se limitaba a escucharla en silencio y con respeto. Alba se sentía discriminada y apartada de la sociedad, como si fuera un escollo para los demás, llegando al punto de pensar en el suicidio. Nadie la esperaba en casa, la gente con la que se cruzaba, la miraba con cara de asco y desaprobación, y los hombres sólo la utilizaban para conseguir placer ¿qué futuro la esperaba?
                Pasaron meses hablando del tema, llegando a hacerse amigos. Él la incitaba a abandonar ese mundo, vacío y frívolo. Ella le decía que era lo único que sabía hacer. Sus padres, dos personas totalmente dependientes del alcohol, su hermano, enganchado a las drogas, y ella, una vulgar chica de veintidós años, sin estudios, con una pasado gris, un cuerpo consumido por el apetito sexual de otros y sin expectativas cara al mañana.
                Gracias a los contactos que tenía en el pueblo del que provenía, encontró un puesto de trabajo para Alba, como cajera en un supermercado. Ella aceptó sin rechistar. Estaba decidida a cambiar de dirección. Allí, nadie la reconocía, nadie sabía de su pasado y la aceptaban como una más. Empezó a hacer amigas, a charlar con gente de todas las edades y a tener ilusión; pero sobre todo, a sentirse valorada e integrada; todo gracias a aquel cura que, un día decidió darle una oportunidad, escuchándola, comprendiéndola, ofreciéndole su mano de forma totalmente desinteresada.

SANDRA EC 

lunes, 2 de junio de 2014

** UNOS MINUTOS DE GLORIA **


                Edy es un perro mestizo de raza pequeña, pelaje de color castaño teja, con pequeñas manchas blancas por el pecho y patas, y con una amplia sonrisa en su cara. Le encanta estar con sus incondicionales, los dueños de la casa donde habita. Desde cachorrito, lo trataron como un miembro más de la familia, hablando con él, enseñándole qué cosas no debía hacer y congratulándolo cuando se portaba bien.
                El can es obediente, más incluso que el hijo de los propietarios, y entiende todo lo que, con palabras le dicen. Conoce los horarios y las costumbres de la familia. Muy amigo de los niños y le gusta que lo acaricien por la cabeza, con un suave masaje, al que responde cerrando los ojos y buscando la mano para que continúes con la frotación.
                Solamente tiene un pequeño defecto, y es que le encanta escaparse todos los días un rato para visitar a sus camaradas de las demás viviendas del barrio. Espera el momento justo en que el portal eléctrico de la casa se acciona al salir el vehículo, para escabullirse de forma sigilosa. No vale de nada llamarlo y reñirle. Es su momento, y quiere disfrutar de él.
         ¡Edy, vuelve ahora mismo! – exige su propietaria con voz enfadada. Sabe que es un perro inofensivo pero no le gusta que ande suelto por ahí, temiendo que algún día quede bajo las ruedas de un coche.
         Ni pensarlo – respondió con un ladrido y las orejas hacia atrás, mientras corría velozmente.
         ¡Vamos! – gritaba, mientras veía como se iba alejando cada vez más de su vista, sin mirar hacia atrás, como quien escapa de una muerte anunciada.
                Minutos más tarde, ya no hay atisbo del animal. Sólo se escuchan ladridos de los demás perros del vecindario.
                Mientras, Edy se pasea orgulloso ante sus afectos y presume de su estirpe, con la cola cardada y bien alta, enseñando sus dientes blancos y bien alineados ante las féminas del clan. Es el momento más estimulante de la jornada y el más esperado, pues a pesar de tener una familia que lo quiere y lo trata bien, ese intervalo que transcurre desde que se escapa hasta que regresa a casa satisfecho, algo cansado y con la lengua a rastras, no tiene precio.
                En la calle se encuentra con más chuchos, algunos callejeros y otros como él, con un hogar donde comer y dormir. A menudo se junta con unos cuantos ya veteranos, y concurren determinados sitios que tienen estigmatizados como indispensables y esenciales.
         Me ha dicho Linda que hoy puedo pasarme por su morada y hacerle una visita. Los amos de la casa han dejado el portal abierto y creo que podré entrar sin problemas – comentó a su compañero de faena.
         Bueno, a ella le gustas tú. Sois de la misma talla y os gustan las mismas cosas – dijo Lupito, feliz por su amigo –. La camada será envidiable.
         Sí, tiene los ojos como luciérnagas en una noche sin nubes, saltones, llamativos, y con mucho brillo, se me cae la baba con sólo pensarlo.
                Los amigos se separan, movidos por la excitación, cogiendo cada uno su destino y haciendo caso omiso a los peligros que entraña la calle.
                Linda observa desde su punto de vigilancia, cómo Edy se acerca simulando no verla. Ella menea la cola con elegancia y habilidad, esperando poder disfrutar de una agradable conversación con su amante de todas las tardes. En cuanto lo tiene enfrente, se deja olisquear y sus hocicos se acarician tiernamente. Segundos después vagan por el césped, uno tras otro, dando piruletas y riendo como dos colegiales en la excursión de fin de curso. Pequeños árboles y frutales sirven como escondite para despistar al otro.
                Instantes imposibles de olvidar y sortear. Seguramente se moriría de pena, si le quitaran esos minutos de gloria y bienaventuranza, pues a pesar de gozar de muchos metros cuadrados de extensión para corretear feliz, nada es igual que compartir un tiempo de deleite con tus semejantes.


SANDRA EC

domingo, 1 de junio de 2014

RESEÑA DE LA NOVELA "KM12 PARADA OBLIGADA" DE JAVIER DÍEZ ROYO


KM 12 PARADA OBLIGADA, Autor: JAVIER DÍEZ ROYO


                Me he quedado gratamente sorprendida al gustarme esta novela, y recalco, gratamente. Pues  yo soy más de romántica, erótica, histórica; pero Javier ha sabido enganchar al lector con una buena sinopsis, eligiendo las palabras idóneas para conectar con el público, para cautivarlo e invitarle a comprar el libro, y una vez lo tiene en las manos, a continuar con la lectura. 

                Una novela a la que no le falta intriga, misterio, momentos de miedo, pavor, de querer decirles algo a los personajes para ayudarles a salir de la casa.

                Si os gustan las novelas de este género, sin duda, debéis leer este libro, cuyo final es muy sorprendente. 

SANDRA EC